La máquina del tercero incluido: Abrahams, Dr. X., Sartre, Pingaud, Pontalis...

[Fight Club (1999), o «la transferencia y su contra».]


En la página 61 de la edición castellana de El Anti-Edipo, al inicio del segundo capítulo, leemos:
En el frontón del gabinete está escrito: deja tus máquinas deseantes en la puerta, abandona tus máquinas huérfanas y célibes, tu magnetofón y tu bici, entra y déjate edipizar. Todo surge ahí, empezando por el carácter inenarrable de la cura, su carácter interminable altamente contractual, flujo de palabras contra flujo de dinero. Entonces basta con lo que se llama un episodio psicótico: una chispa esquizofrénica, un día llevamos nuestro magnetófono al gabinete del analista, stop, intrusión de una máquina deseante, todo está invertido, hemos roto el contrato, no hemos sido fieles al principio de la exclusión del tercero, hemos introducido el tercero, la máquina deseante en persona.
El pasaje alude –al margen de los guiños a Dante, Granel, Beckett, Marx, Aristóteles...– a un episodio conocido como «El Hombre del Magnetófono»: en 1967, en lo que podríamos llamar una «intervención situacionista», Jean-Jacques Abrahams introdujo un grabador en su sesión psicoanalítica. No agregaré más detalles que los bibliográficos, ya que los textos que siguen no requieren mi opinión (y, además, tampoco tengo ganas de escribirla ahora).

El desgrabado de Abrahams fue publicado originalmente en Freud et la question socio-politique / La psychanalyse comme institution / L’institution de l’analyse, París, François Maspero, 1969. En el mismo año, el número 274 de Les Temps Modernes, la revista fundada por Sartre, incluyó el texto con una presentación del mismo Sartre y dos respuestas (Pontalis y Pingaud). 

En castellano tenemos una edición de esos textos en La institución del análisis, trad. Teresa Ferre y Ramón García, Anagrama, Barcelona, 1971. Que incluye dos artículos de François Gantheret, «Freud y la cuestión sociopolítica» y «El pscoanálisis como institución», uno de René Lourau, «El psicoanálisis en la división del trabajo», una «Presentación» de Ramón García y los cuatro textos que transcribimos abajo desde esa edición.

La revista Topía, en su número 10 de abril/julio 1994, ha publicado una parte de todo esto en su propia versión castellana [ir a la revista en PDF].

Los textos siguen el orden de la edición de Anagrama, así:


1. «El Hombre del Magnetófono», Sartre, J-P.

2. «Respuesta a Sartre», Pontalis, J-B.

3. «Respuesta a Sartre», Pingaud, B.

4. «Diálogo psicoanalítico», Abrahams, J-J.

Buen provecho.
MR.


El Hombre del Magnetófono
[L’homme au magnétophone]

Jean-Paul Sartre

Les Temps Modernes, n°274, abril de 1969.

El texto de A... nos ha dividido profundamente. Después hemos firmado una paz de compromiso que espero sea duradera [Nota de Sartre del 7 de octubre de 1970: «No duró».]: voy a decir por qué, desde el primer día, opiné que debía publicarse; Pontalis y Pingaud, que opinan lo contrario, dirán las razones de su oposición. Aquí está pues este testimonio, en sandwich, entre nuestros dos artículos.

Unas palabras, en primer lugar, para evitar un malentendido probable: no soy «un falso amigo» del psicoanálisis, sino un compañero de viaje crítico y no tengo gana alguna —ni medios tampoco, por otra parte— de ridiculizarlo. Este diálogo hará sonreír: siempre gusta ver a Guignol zurrando al comisario. Personalmente no lo encuentro divertido: ni para el analista ni para el analizado. Sin duda éste tiene el mejor papel y después diré por qué lo encuentro excepcional; pero aquél, después de todo, logra salir del apuro sin gloria (¿quién lo hubiera hecho mejor a no ser un «judoka»?) pero también sin pena: no ha hablado. Reconozco gustosamente, además, que la conversación se desarrolla en el marco de la relación analítica: lo que está en juego parece ser, como primer cargo, una cierta interpretación que, según A., el doctor X. había impuesto durante años a su paciente y de lo que luego había renegado bruscamente (ni que decir que no tomaremos partido ni sobre la interpretación ni sobre la palinodia, ya que el magnetófono no ha grabado el comienzo de la conversación). A., por otra parte, es el primero en reconocerlo puesto que titula este testimonio «Diálogo psicoanalítico». Título irónico: quiere hacernos entender que «como dice Merlin, igualmente se cuida de analizar al otro quien, a menudo, se analiza a sí mismo«. El doctor X. habrá proyectado en A. sus propios «problemas infantiles». Esta idea sólo compromete a A., y por lo demás no es eso lo que nos importa: si la subrayo es porque muestra el aspecto problemático del diálogo. A. se refiere a Freud en dos ocasiones con sincero respecto; no determina si la práctica analítica, como tal, ha fracasado o si un analista mejor lo hubiese curado. De todos modos, para nosotros la cuestión no es esa: incluso si se ha cometido un error, comprendemos muy bien que A., que lo ha sufrido, puede indignarse, mas, a nuestro entender, el psicoanálisis no puede ponerse en tela de juicio por este caso aislado, como tampoco el crimen de Uruffe pone a la Iglesia en peligro a los ojos de un creyente: el análisis es una disciplina que intenta ser rigurosa y cuya finalidad es la curación; por lo demás tal disciplina no es única, sino múltiple; si tuviera que provocar objeciones —las cuales, por otra parte, no se referirían a los principios sino a ciertos aspectos de la práctica— habría que poner tanto rigor en la discusión como la que ponen en sus gestiones clínicas y terapéuticas los entendidos que protestas.

Entonces, ¿por qué, pues, me fascinó este diálogo? Pues bien, porque saca a la luz, con deslumbradora evidencia, la irrupción del sujeto en el gabinete analítico, o más bien, la inversión de la relación unívoca que liga al sujeto con el objeto. Y por sujeto no entiendo aquí el Yo o el Ego, este cuasi-objeto de la reflexión, sino el agente: en esta corta aventura, A. es sujeto en el sentido en el que Marx dice del proletariado que es sujeto de la Historia. Entendámonos: A. reconoce que tenía «necesidad de ayuda», reprocha al doctor X. que «no le haya curado», que le haya mantenido en la dependencia «prometiendo» darle un día la «autorización» para recobrar la salud. Habla de los clientes del doctor X. como de «enfermos», entre comillas, y con eso entiende: aquellos a quienes los analistas tienen por enfermos, pero no a quienes los han convertido en tales. Usted ha agravado mi caso, dice. Así pues, él no se presenta como un sujeto perfectamente libre y sano —¿quién lo es?— o como aquellos a quienes Jones llama «los adultos» —palabra terrible si se piensa que la señora Freud era para él una adulta y Freud no— sino como un sujeto herido o, si se prefiere, como el sujeto de su herida, como la unidad atormentada por graves problemas incomprensibles para cuya solución pide ayuda a los demás. Dicho esto, ¿qué es lo que reprocha al doctor X.? Dejémosle hablar: «No se puede curar ahí encima (señala el diván profesional)... Usted no se atreve a mirar cara a cara a la gente. Antes ha empezado hablando de "hacer frente a mis fantasmas". ¡Jamás hubiera yo podido hacer frente a nada! Usted me ha obligado a volverle la espalda. Así no se cura a las personas. Es imposible porque... vivir con los demás es saber hacerles frente». ¿Se rebela contra el método, el diván, el mutismo aplicado de los grandes «oyentes» profesionales? Sí y no: durante años ha puesto todo su calor en expresarse, en exponerse, sin ignorar que sus palabras, aparentemente libres y aventuradas, remitían a un texto oscuro y oculto que era necesario construir más que descubrir y que estaba contenido en la palabra dicha en el sentido en el que, dice Eluard: «Hay otro mundo y está en éste.» Pero en este fragmento conmovedor: «hacer frente... volver la espalda», nos entrega su profunda experiencia: con su sola presencia, el invisible y silencioso testigo de su discurso —entendamos: de lo que dice y de lo que se hace decir por la indispensable mediación de un sujeto— transforma en la misma boca del paciente la palabra en objeto por la sencilla razón de que no podría haber, entre esta espalda vuelta y este hombre sentado, invisible, inaprehensible, reciprocidad alguna. Ya lo sé: el enfermo debe emanciparse a sí mismo, a él corresponde descubrir poco a poco. Lo malo, nos dice A., es que se sabe desde el principio que se descubrirá como una pasividad, a través de esa mirada que no puede captar y que le juzga. El hombre del magnetófono está convencido de que el camino hacia la independencia (hacer frente a los fantasmas, los hombres) no puede pasar por la dependencia absoluta (transferencia y frustración, promesa al menos tácita —yo lo curaré—, espera de un «permiso»). Está decepcionado, es cierto, guarda rencor a su médico y algunos podrán hablar de transferencia mal resuelta, pero, ¿qué responderle si nos dice que la curación de «enfermo» debe empezar por un cara a cara y convertirse en una empresa común en la que cada cual se arriesgue y asuma su responsabilidad? ¿Que lo han castrado? Él está de acuerdo en que se lo digan, siempre que lo hagan mirándolo a los ojos. Quiere que le propongan a él, A., esta interpretación, en el curso de una larga aventura a dúo, en interioridad, y no que le «sobrevenga» anónima, impersonal, como una palabra de piedra. Este sujeto desea comprenderse como sujeto herido, desviado; a falta de una colaboración intersubjetiva, «pasa al acto», para emplear la frase de los analistas, esto es, invierte la praxis y la situación a la vez. En el «Diálogo psicoanalítico» los papeles se invierten y el analista se convierte en objeto. Por segunda vez, la cita del hombre con el hombre ha fallado. Esta historia, que para algunos será bufonesca, es la tragedia de la reciprocidad imposible.

Hay violencia, dice el doctor X. No hay duda. Pero se trata más bien de una contraviolencia. A. plantea la cuestión admirablemente: esta «interminable relación psicoanalítica», esta dependencia, esta transferencia anticipada, provocada, este feudalismo, este largo alumbramiento del hombre postrado sobre un diván y devuelto a los balbuceos de la infancia, con sus calzones caídos, no sería la violencia original. Imagino lo que el doctor X. le contestaría —le hubiera contestado— sin la presencia del magnetófono: «Nunca empleamos la coacción: cada cual viene y se marcha cuando quiere; cuando un paciente quiere dejarnos, sucede a veces que intentamos disuadirle —porque sabemos que esta ruptura le perjudicará— pero si insiste, cedemos; la prueba es que hace tres años le dejé partir a pesar mío.» Esto es cierto, y no por ello juzgo a los analistas. Pero A. no se daría por vencido; nos lo dice: si se separa a los hombres y sólo se considera la situación, la claudicación semanal o bisemanal del analizado en favor del analista se convierte en una necesidad cada vez más imperiosa; esto significa que la condición de objeto tiene sus ventajas; la violencia está en todas partes, latente, insinuante: ser sujeto es realmente pesado y, sobre el diván, todo invita a reemplazar la angustiosa responsabilidad de la soledad por la sociedad anónima de los instintos.

La inversión de la praxis demuestra claramente que la relación analítica es violenta en sí misma, cualquiera que sea la pareja médico-paciente que examinemos. De hecho, cuando la violencia voltea la situación, el analista pasa inmediatamente a ser analizado, o más bien analizable: la sorpresa y su impotencia lo ponen artificialmente en situación de neurosis. A. contaba con ello, por algo ha preparado su jugada durante tres años. Óiganle: «Hasta ahora tenía la costumbre de controlar completamente la situación y de repente, ha ahí que la extrañeza se introduce y se instala en usted...» Y la respuesta del analista prueba que se ha convertido repentinamente en paciente. Ahora su discurso tiene que ser descifrado: «No estoy acostumbrado a la violencia física.» ¡Qué frase más extraña! ¿Por qué no decir simplemente: a la violencia? ¿Es que acaso está acostumbrado a la violencia moral? ¿Y cómo pone por ejemplo de violencia física el hecho de «sacar ahora ese magnetófono»? No pretendo en absoluto sacar punta a esas pocas palabras pronunciadas en un momento de confusión muy normal; deseo solamente hacer comprender que la violencia rompe el discurso y que entonces cada palabra es en exceso significativa, porque significa demasiado o demasiado poco. La brusca transformación del doctor X —sujeto del análisis, agente de la terapia— en objeto, supone en él una crisis de identificación. ¿Cómo reconocerse? Esta es la razón de la extrañeza —«estrangement», diría Lacan, traduciendo el término freudiano «Umheimlichkeit»— que experimenta de repente y de la desesperada resistencia que opone a A.: no hablará ante el magentófono. La razón se debe buscar, en primer lugar, en la deontología profesonal. Pero, ¿es suficiente? ¿Da cuenta del horror que siente por el magnetófono? ¿No descubre, como el objeto de un análisis, que sus palabras, de las cuales era tan avaro y que se desvanecían tan delicadamente a veces en el silencio del gabinete —un «enfermo» no es testigo—, van a ser grabadas, inscritas para siempre? Sólo eran el alegre murmullo de su pensamiento infalible y ahora corren el peligro de convertirse en piedra. Si se petrifican, darán testimonio. Este magnetófono saca de sus casillas al más sentado, pues viene a ser como la advertencia de la justicia inglesa a los acusados: a partir de este instante todo cuanto diga puede ser empleado en contra suya. El doctor X. intenta por última vez intimidar a A., tratarle como objeto para recordarle su dependencia: «Usted es peligroso porque niega la realidad». Pero provoca esta respuesta genial: «¿Y qué es la realidad?». Sí: ¿qué es la realidad cuando analista y paciente están frente a frente, cuando, con la violencia de por medio, el analista no puede ya decidir, solo y de modo infalible, qué es lo real, o dicho de otro modo, dar privilegio a una cierta concepción del mundo? ¿Qué es la realidad cuando el paciente se niega a irse, cuando en un movimiento ridículo de reciprocidad antagónica cada uno de los dos hombres hace el psicoanálisis del otro, o más bien, cuando se aplican el uno al otro los mismos esquemas: Usted imita a su padre; no, usted imita al suyo; usted se hace el niño; no, es usted? ¿Qué es la realidad cuando el lenguaje analítico, desdoblado, repetido en eco, anónimo, parece haberse vuelto loco?

Esta situación-límite —tengo que añadir que otros analistas se han encontrado en ella y que constituye uno de los riesgos de su profesión— permite plantear la verdadera cuestión: ¿hay que elegir entre el ser sujeto del «enfermo» y el psicoanálisis? Vean al hombre del magnetófono. Vean cómo ha reflexionado durante esos tres años —que se haya equivocado o no, me importa poco—, vean cómo ha madurado su plan, cómo ha planeado su golpe, cómo lo ha llevado a cabo, óiganle hablar, sientan su ironía y también su angustia («Muy apurado me he tenido que ver para permitirme semejante cosa...») y su soltura cuando juega con los conceptos que le han sido aplicados durante tanto tiempo. Ahora les pregunto yo ¿quién es él? ¿Quién es este A. que habla? ¿Un proceso sin objetivo o la superación de este proceso por un acto? No dudo de que ni la más pequeña de estas palabras, ni todo su comportamiento, puedan ser interpretados analíticamente: a condición de conducirlos nuevamente a su estatuto de objeto analítico. Lo que desaparecerá con el sujeto es la calidad inimitable y singular de la escena: su organización sintética, o, dicho de otro modo, la acción como tal. Y que no me digan que la organiza un «enfermo»: estoy de acuerdo con ello, estoy de acuerdo en que la organiza como enfermo. Lo cual no impide  que él la organice. Los analistas pueden dar los motivos del «pasaje al acto», pero el acto mismo, que interioriza, supera y conserva las motivaciones mórbidas en la unidad de una táctica, el acto que da un sentido al sentido que nos ha llegado, hasta el momento no se han preocupado de explicarlo. Habría que volver a introducir la noción de sujeto. En Inglaterra, en Italia, A., sujeto innegable de esta breve historia, encontraría interlocutores válidos: una nueva generación de psiquiatras intenta establecer entre ellos y las personas a las que cuidan un lazo de reciprocidad. Sin abandonar nada de la inmensa experiencia psicoanalítica, respetan ante todo —en cada enfermo— la libertad desviada de emprender, el agente, el sujeto. [Nota de Sartre: No ignoro las dificultades que encontrarán: la «psicología de las profundidades», como dice Lagache, necesita la tranquilidad, el abandono, una cierta renuncia, el diván en suma; el cara a cara exige, por el contrario, la vigilancia, la supremacía, una cierta tensión. Pero nada se adelantará si no se toma la cuestión por ambos extremos.] No creo que sea imposible que un día los psicoanalistas estrictamente ortodoxos se unan a ellos. Esperando ese momento, presento aquí este «Diálogo», a título de escándalo beneficioso y benigno.

Les Temps Modernes, número 274, abril de 1969.


Respuesta a Sartre

J. B. Pontalis


Se comprenderá, supongo, que no desee comentar el «documento» que Sartre ha tomado la responsabilidad de publicar. Sólo añadiré unas palabras a la presentación que acaban de leer.

Lo que me interesa es que Sartre nos dice haberse sentido «fascinado» por el relato de la hazaña «contestataria» de A. levantándose contra su opresor feudal. Sartre puede reconocerse en ese espejo, incluso deformante. Ve proyectarse en él sus pares de contradicciones favoritas y les reconoce tanto más fácilmente cuanto que A. parece obedecer a ellas.

Pero sacar en conclusión de este fragmento tragicómico que ha llegado el momento para los analizados de seguir la orden dada por Censier, «¡Analizados, rebélense!» —a menos que emigren a Italia— y para los psicoanalistas el de anunciar a sus pacientes la buena nueva: «Los han castrado», mirándolos a sus ojos de sujetos, me parece una respuesta algo precipitada. Aprobar esto sería en todo caso, a mi entender, confesar que se ignora todo sobre el psicoanálisis. Por ejemplo, ¿cómo se puede a la vez saludar «la inmensa experiencia» de éste y no admitir la relación analítica en su mismo principio? ¿No es la praxis, aquí, como en otras partes, la que hace posible la emergencia del objeto teórico? Habrá que escribir un día la historia de la relación ambigua, hecha de atracción y repulsión igualmente profundas, que mantiene Sartre desde hace treinta años con el psicoanálisis, y quizás habría que releer su obra bajo esta perspectiva.

En cuanto a las virtudes salvadoras del diálogo, creo que jamás se las he visto elogiar a Sartre —¡por suerte!—. De otro modo no hubiera sabido testimoniar, como lo ha hecho, el fracaso de toda reciprocidad, ni dar a lo que él llama las «situaciones límite» —la locura, entre otras— su valor ejemplar. Recordemos A puerta cerradaLa habitación y, en esta ocación, sobre todo, Los secuestrados de Altona, esta obra admirable en la que, sobre otro escenario, un magnetófono servía ya para fijar las huellas de un «diálogo interior».

Les Temps Modernes, número 274, abril de 1969.


Respuesta a Sartre

Bernard Pingaud


No siendo ni psicoanalista ni psicoanalizado, no me siento atenido a la misma reserva que Pontalis. Voy a intentar, pues, decir por qué este texto nos ha «dividido profundamente». Quien sólo leyera el prólogo de Sartre podría asombrarse de ello. Pero si lee paralelamente el texto de A., se mide ya la distancia que los separa. Evidentemente —al menos para mí, que reivindico aquí mi completa libertad de «sujeto»—, lo que Sartre ve en el diálogo parcialmente transcrito por A. no se encuentra allí, o se encuentra muy en filigrana. También es evidente que Sartre no ve lo que se encuentra allí, o más bien hace como si no lo viera. Pues se trata de una conversación que se desarrolla «dentro del marco de la relación analítica», y del que sólo conocemos el final, «ya que el magnetófono no ha grabado el comienzo de la conversación». No es preciso ser muy versado en psicoanálisis para comprender que ese «pasaje al acto» forma parte de la cura misma que hay que contestar radicalmente, y que al publicarlo aquí, intervenimos con demasiada ligereza en una relación «médico»-«enfermo» de la que nada o casi nada sabemos. La primera pregunta que debíamos hacernos era, pues, ésta«¿A quién y para qué servirá la publicación de esta conversación?» La respuesta me parece cuando menos hipotética. 

Veamos ahora el fondo. Sartre no tiene nada contra el psicoanálisis, sea. ¿Pero qué hace, tras haber afirmado sus buenas intenciones, sino denunciar la práctica psicoanalítica, así como la teoría en que se basa? Sostener que el rechazo del cara a cara equivale a transformar al paciente en objeto, es un argumento demasiado burdo para que el propio Sartre no responda en seguida: «Ya lo sé: el enfermo debe emanciparse por sí mismo; a él le toca descubrirse poco a poco». Pero leamos la continuación: «Lo malo, nos dice A., es que se sabe desde el principio que se descubrirá como una pasividad, a través de esa mirada que no puede captar y que le juzga.» Admiro ese «nos dice A.» y me gustaría mucho saber si hay que tomarlo como un «nos dice Sartre». Pues, una de dos: o Sartre prosigue la tesis por su cuenta y es otro psicoanálisis lo que nos propone, basado en otra concepción del hombre, empleando otros métodos terapéuticos, aquellos, por ejemplo, de los psiquiatras italianos o ingleses que «intentan establecer entre ellos y las personas a las que tratan un lazo de reciprocidad» (pero habría que preguntarse en este caso si las dos situaciones son comparables y por qué el analista, aparentemente, rechaza la «reciprocidad»), o bien Sartre le deja a A. la responsabilidad de su interpretación y el problema está en saber lo que significa en una cura este tipo de interpretación, por qué surge, si es porque el tratamiento estaba contraindicado o porque ha sido mal llevado —o si la invención de la relación no forma parte siempre, en un momento u otro de la cura misma—. Hablo aquí como profano, así que me guardaré bien de dirimir. Pero leyendo el texto de Sartre, viendo en qué términos describe él esta «claudicación semanal o bisemanal» que compara con una droga, no puedo evitar el pensar que es todo el psicoanálisis lo que pone en tela de juicio en nombre de su personal concepción del sujeto. Es normal, por otra parte, que el debate lleve más lejos, ya que el descubrimiento esencial de Freud no fue, como afirman algunos precipitadamente, negar la existencia del sujeto, sino desplazarlo, «descentrarlo», haciendo aparecer al no-sujeto a partir de lo cual se constituye en una posición siempre derivada. La cuestión es únicamente saber si el diálogo transcrito por A. se presta a un debate de este tipo.

Por mi parte no lo creo. Suponiendo que se pueda sacar de él la lección que Sartre saca (como si se tratara efectivamente del proceso del psicoanálisis y no del proceso del analista) es simplificar las cosas de manera abusiva al decretar que, en la cura, el paciente es reducido a una total pasividad y el analista «decide solo e infaliblemente qué es lo real». No sería deifícil hacer comparecer aquí a muchos testigos que podrían afirmar lo contrario y decir cómo esta alienación inicial les ayudó, precisamente, a mejor convertirse en sujetos. Me parece que la no-reciprocidad criticada por Sartre —y que el mismo analista sufrió a su tiempo— es condición esencial del descubrimiento o de la restauración de un «ser-sujeto», comprometido, ofuscado, «alienado» por eso que se llama la «enfermedad». Y que la relación nunca puede ser igual, recíproca, sino en el instante en que termina —ese instante ideal al que se llama «curación»—. Esto no privilegia al psicoanalista como individuo. Esto privilegia al Otro por medio del cual se efectúa este restablecimiento que, en cierto modo, llega siempre demasiado tarde, o, como decía Fredu, «nachträglich». No hay pues contradicción ni lugar para elegir entre el «ser-sujeto del enfermo» y el psicoanálisis: en cierto sentido el ser-sujeto está siempre presente, y en otro se tiene siempre que conquistar. El hombre más «enfermo», es verdad, «organiza» su enfermedad. El psicoanálisis no le aporta pues el medio de organizarse. Pero tampoco se lo quita. Cuando tiene éxito, puede únicamente ayudarle a modificar una organización en la cual se aliena. Y, desde luego, es el sujeto mismo quien la modifica «descubriéndose» por medio de la relación analítica.

Sartre puede critica la concepción de Freud en nombre de otra, y oponer una terapéutica de la reciprocidad a una terapéutica de la «violencia». Pero habría que entablar entonces un debate a fondo. El principal mérito del compromiso al que hemos desembocado, en este asunto, habría sido el plantearnos el problema. Sigo pensando, no obstante, que el texto de A., precisamente porque no va más allá del «pasaje al acto», era el peor de los pretextos.


Les Temps Modernes, número 274, abril de 1969.



Diálogo psicoanalítico

Jean-Jacques Abrahams y el Dr. X.


A. — Quiero que algo quede claro definitivamente. Hasta ahora he seguido sus reglas, ahora sería necesario que usted intentara... por otra parte no veo por qué...

Dr. X. — Ahora, si usted quiere... Estamos completamente de acuerdo; eso es; nos detendremos aquí, será una lástima para usted.

A. — Entonces, ¿tiene miedo de este magnetófono?

Dr. X. — No. No lo deseo, no lo consiento.

A. — Pero ¿por qué? Por lo menos, explíquemelo: ¿tiene miedo de este magnetófono?

Dr. X. — ¡Corto!

A. — ¿Corta?, vaya, es interesante, ya vuelve con el «corte»; recién hablaba del corte de pene y ahora es usted quien quiere cortar de repente.

Dr. X. — ¡Oiga! ¡Se acabó con el magnetófono!

A. — ¿Qué es lo que se acabó?

Dr. X. — O sale de la habitación o doy por terminada la entrevista. Estamos de acuerdo. Consiento en explicarle lo que quería explicarle, ahora bien, o retira ese magnetófono o no diré nada más; lo sentiré mucho, pero no haré esto.

A. — Creo que tiene miedo. Creo que tiene miedo y se equivoca, porque lo que vengo a hacer es por su bien; me arriesgo mucho por nada, y lo hago por usted y por muchas otras personas, pero quiero llegar hasta el fondo de esta mixtificación y tengo la intención de proseguir.

Dr. X. — Bien, bien...

A. — ¡No! ¡Usted se queda, doctor! Usted se queda y no intente tocar el teléfono. Se queda ahí y sobre todo no intente hacerme la jugada de encerrarme (internamiento).

Dr. X. — No le haré la jugada de internarle si sale de esta habitación.

A. — ¡No salgo de esta habitación! Tengo que pedirle cuentas; cuentas importantes, y usted va a responderme. Y no se las pido únicamente en mi nombre, sino en nombre de... Vamos, sea amable y siéntese, no nos enojemos... Ya verá... Esto no hará daño, no se trata de fastidiarlo. Vamos, quédese tranquilo... siéntese... ¿No quiere sentarse? Bueno, quedémonos de pie. Entonces... «el corte del pene», ¿es eso? Mi padre quería que... ¿no? ¿Qué más?

Dr. X — iEscuche! Por el momento, usted no está en condiciones para discutir.

A. — ¡Claro que sí! Usted es quien no quiere discutir, usted es quien no está en condiciones para discutir.

Dr. X. — Le he pedido que guardara su magnetófono.

A. — Pero mi magnetófono no es cualquier cosa, usted lo sabe. Es un oyente que nos escucha con gran benevolencia.

Dr. X. — Estaba explicándole algo...

A. — ¡Sí! ¡Y bueno, continúe!

Dr. X. — Y en este momento usted tendría más bien que tratar de comprender...

A. — Porque usted quiso dejar pasar algo que era capital, algo que usted me metió en la cabeza desde hace años, y yo quisiera justamente que usted no tratara de escaparse esquivando el problema, es decir, una vez más, el problema de su responsabilidad.

Dr. X. — ¡La suya!

A. — ¿Qué?

Dr. X. — Por el momento, usted desea hacerme responsable de lo que usted es responsable.

A. — ¡En absoluto! Por el momento estoy haciendo un trabajo, un trabajo científico.

Dr. X. — Es posible.

A. — Bueno, entonces continuemos: usted sabe que todo va mucho mejor cuando se graban los trabajos científicos; así somos libres, no precisamos tomar nota. Avanzaremos...

Dr. X. — ¡Aquí no se trata de trabajos científicos!

A. — ¡Sí! ¡Yo creía estar en lo de un hombre de ciencia! En todo caso, me confié a un hombre de ciencia y quisiera saber de qué ciencia se trata, en definitiva, porque ya no estoy para nada convencido de que esa «ciencia» no sea pura charlatanería.

Dr. X. — Y bueno, yo tengo derecho a no hablar delante de un magnetófono.

A. — Usted tiene derechos, por supuesto, y no deja de decirlo. Se le agradece... Se siente acusado y se va como un norteamericano que no hablaría sin su abogado. Siéntese.

Dr. X. — Estoy dispuesto a hablar con usted y a explicarle.

A. — Bueno, continuemos...

Dr. X. — Pero no estoy dispuesto a hablar delante de un magnetófono.

A. — Pero... ¿por qué va a hablar por teléfono?

Dr. X. — Porque le pedí que se fuera si mantenía ese magnetófono.

A. — ¿Y entonces? ¿Por qué iba a hablar por teléfono?

Dr. X. — Porque le pedí que saliera si mantenía el magnetófono. Yo no deseaba hacerlo internar pero...

A. — Pero ¿qué? ¡Usted no puede hacerme internar, para que sepa! Porque si hay alguien que debe hacerse internar es usted. Al menos, si se tratara de determinar quién está desequilibrado...

Dr. X. — Yo... Yo... De todos modos... 

A. — Escúcheme: yo lo aprecio mucho, no le deseo ningún mal, al contrario...

Dr. X. — Bueno, estamos de acuerdo. Quite ese aparato.

A. — Nos divertimos mucho en este momento. No obstante me gustaría que dejara de tener miedo...

Dr. X — Yo no me divierto. 

A. — Pero usted tiene miedo. ¿Y qué ha hecho con la libido? ¿Cree que quiero cortarle el pitito? ¡Pero no! Vengo a darle uno verdadero, uno verdadero... ¡Es formidable, en fin! Hace tiempo que usted esperaba esta fiestita! Escuche: confiese que sale usted del paso con mucha elegancia, doctor... Doctor, yo quiero cosas buenas para usted, pero usted no quiere cosas buenas para mí...

Dr. X. — Por el momento, usted está...

A. — Yo quiero cosas buenas pero... ¡me parece que usted abusa! Sí, usted abusa. Me ha estafado un poco, si hay que plantear las cosas en términos jurídicos, porque usted no ha cumplido con sus obligaciones, no me curó para nada. Además, no está dispuesto a cumplir sus obligaciones. Porque usted no sabe curar a la gente. Usted sólo sabe volverla un poco más loca... No hay más que interrogar a sus otros enfermos, al fin sus «enfermos», aquellos que usted llama enfermos, aquellos que vienen a buscar un poco de ayuda y que no la reciben, que sólo reciben espera... Así que siéntese. Quedémonos tranquilos, ¡quedémonos tranquilos! ¡Vamos! ¿Es usted un hombre o un fideo? ¿Es usted un hombre?

Dr. X. — Una vez más, le digo por última vez que usted tiene ahí un magnetófono y que no quiero esta actitud.

A. — Lo lamento. Le repito por qué he sacado este magnetófono, para emplear su palabra: «sacar». Es que yo no aprecio en absoluto la manera en la cual me pidió, de repente, que dejara pasar la cuestión de la castración.

Dr, X. — Hablemos de la cuestión de la castración, si ese es el verdadero problema. Pero no delante de un magnetófono.

A. — Bueno, no hablaremos, esperaremos hasta que usted cambie de  opinión. Así que está entre la espada y la pared.

Dr. X. — ¿Qué pretende ganar poniéndome entre la espada y la pared?

A. — No tengo nada que perder.

Dr. X. — Es posible.

A. — Usted tiene miedo. ¡Vamos, viejo, abra las nalgas! ¿Qué? ¿No? ¿No quiere?

Dr. X. — ¿No cree usted que ésta es una situación seria?

A. — ¡Terriblemente seria! Por eso sería mejor que usted pusiera una cara mejor que la que tiene... ¡Era necesario haberme puesto los pantalones para permitirme una cosa parecida! Era necesario, con todo, que estuviera verdaderamente seguro...

Dr. X. — ¡Pero no! No es necesario que esté usted seguro. Si estuviera seguro no actuaría así. Ahora, déjeme salir. Es una situación muy peligrosa.

A. — ¿Peligrosa?

Dr. X. — Sí, usted es peligroso. 

A. — ¡En absoluto! Eso lo dice usted, que no cesa de intentar hacerme creer  que soy peligroso. Pero yo no soy peligroso en absoluto.

Dr. X. — Usted es peligroso porque desconoce la realidad.

A. — ¡En absoluto!

Dr. X — ¡Usted desconoce la realidad! 

A. — ¡Yo soy un corderito! ¡Siempre he sido un corderito!

Dr. X. — ¡Usted desconoce la realidad!

A. — ¡Usted es peligroso! El que lo dice, lo es.

Dr. X. — ¡Usted desconoce la realidad! 

A. — Pero... ¿qué es «la realidad»? 

Dr. X. — Por el momento, usted es peligroso porque desconoce la realidad.

A. — ¿Qué es «la realidad»? Es necesario que, primero, nos entendamos. Sé una cosa, desde el punto de vista de «su» realidad: usted está muy encolerizado, le da un trabajo loco dominarse y seguramente va a estallar, va a reventar, usted está bajo presión. Seguramente va a enervarse y eso no sirve para nada. Yo no le deseo ningún mal, no hay ninguna razón. ¡Yo no soy su padre!

Dr. X. — Usted tiene ahí su magnetófono.

A. — ¡Yo no soy su padre!

Dr. X. — Usted tiene allí su magnetófono.

A. — ¿Entonces?

Dr. X. — ¡Terminemos!

A. — Vamos, no le hace tanto daño... ¿Le da miedo? ¡No es un revólver!

Dr. X. — Terminemos.

A. — ¿Tiene miedo?

Dr. X. — Terminemos.

A. — ¿Qué quiere decir eso? ¿«Terminemos» qué?

Dr. x. — No quiero una conversación de este tipo.

A. — Dígame, ¿quiere una paliza?

Dr. X. — ¿Ve que es peligroso?

A. — ¿Quiere una paliza?

Dr. X. — iUsted ve que es peligroso!

A. — ¡Pero no! Le estoy formulando una pregunta: si quiere dejar de hacerse el
chiquilín.

Dr. X. — Le digo que usted es peligroso.

A. — Yo le digo que usted se hace el chiquilín.

Dr. X. — Y temo que me lo demuestre.

A. — No, no voy a demostrárselo.

Dr. X. — Terminemos.

A. — ¿Pero qué quiere decir «terminemos»?

Dr. X. — No tengo nada que decirle; usted es peligroso.

A. — ¿Cómo que no tiene nada que decirme? Tiene que rendirme cuentas.

Dr. X. — Lo invité a retirarse.

A. — iPerdón, pero usted se equivoca!

Dr. X. — ¿Ve que es peligroso?

A. — ¡Tiene que rendirme cuentas!

Dr. X. — ¡Usted es peligroso!

A. — No soy peligroso, solamente alzo la voz. Pero usted no lo soporta. Cuando uno grita usted tiene miedo ¿no es así? Si oye gritar ya no sabe lo que pasa, es espantoso, es horrible, es papá que grita [desde hace unos instantes los dos interlocutores están a 20 cm. uno del otro]. Pero yo, viejo, no grito sino para mostrarle que esta vez no es grave. Y, ya ve ahora cómo supera el miedo. Ya está, ya va mejor, se acostumbra, eso, ¡perfecto! Ahí va mejor. ¿Ve que no es tan grave? Yo no soy su padre y puedo gritar aún más. Pero no. Ya es suficiente.

Dr, X. —¿Está imitando a su padre, ahora?

A. — ¡No, al suyo! Al que veo en sus ojos...

Dr. X. — Usted está tratando de adoptar el papel...

A. — No quiero adoptar papel alguno con usted, simplemente quiero liberarme de sus angustias. ¡Es usted quien se hace en los calzones, ahora! ¡Seguramente! ¡Miren eso! ¿Por qué cruza los brazos así? ¡Es usted quien se defiende! ¿Realmente cree que puedo golpearlo? ¿De dónde saca que yo querría golpearlo? ¡Soy demasiado prudente! Me contengo, no quiero hacer lo que usted habría deseado que hiciera. ¡Sería tanto más simple! Lo golpearía, me equivocaría, habría comenzado yo, habría cometido un acto que le daría a usted el poder de... no sé... de ser médico, de jugar al doctor, ¡eso! ¡Al psiquiatra! Si soy peligroso, no soy peligroso para mi viejito, soy peligroso para el médico, para el médico sádico. No para el viejito, que también ha sufrido bastante; no tengo ninguna gana de golpearlo... Pero el médico, el psiquiatra, el que ha tomado el lugar del padre... ¡ese merece patadas en el culo! Ahora déjeme explicarle, siéntese. ¿No? ¿No quiere?

Dt. X. — Usted quiere hablar. Yo no hablaré, le he dicho que yo no...

A. — De acuerdo, hablaré yo. ¡Tanto mejor, al fin! Además, iba a decírselo en el momento en que saqué el magnetófono. No lo sacaba más que para hablar yo mismo. Evidentemente, usted también puede ser grabado si lo desea; le haría un copia si usted quisiera; debería interesarle prodigiosamente... En fin, podría ser... Así lo espero, por usted. Bueno, ¡aquí está! ¡No se puede curar ahí! [Señala, con un movimiento de cabeza, el diván profesional]. Es imposible. ¡Usted mismo no está curado justamente porque pasó demasiados años ahí! No se atreve a mirar las personas a la cara. Hace un momento me habló de «dar la cara a mis fantasmas». ¡Nunca hubiera podido dar la cara a nada! Usted me ha obligado a volverle la espalda a todo. No es así como se puede curar a la gente. Es imposible, puesto que, de hecho, vivir con los demás es saber darles la cara. ¿Qué me hizo aprender sobre eso? Al contrario, usted me ha quitado el gusto de tratar, incluso de vivir, con los demás, o de afrontar lo que sea dando la cara. ¡Y ese es su problema! Por eso usted pone la gente así, porque no puede darles la cara, y no puede curarlos, no puede sino encajarles sus propios problemas de padre, de los que no puede salir. Y de sesión en sesión arrastra víctimas, así no más, con el problema del padre. ¡Mmmm! ¿Comprende un poquito lo que quiero decir? A mí me cuesta mucho comprender y salir y volver. Por supuesto: usted me ha hecho ejercitar gimnasia mental. Al menos un poco, confiese que era algo caro. ¡Si no fuera más que eso! Pero hay algo peor: usted me desacosturnbró a dar la cara prometiéndome y yo me entregué a usted, sólo que como no podía verlo, no podía tampoco imaginar cuándo me daría usted, finalmente, lo que yo venía a buscar en usted. Esperaba la autorización. Sí, eso es. Usted habría sido muy tonto dándomela, arreglándome, liberándome, puesto que yo lo alimentaba. Usted vivía a mis expensas, usted me bombeaba, yo era el enfermo, usted el médico. Al fin usted habia dado vuelta su problema de infancia, de ser el niño frente al padre... Es usted quien tenía el derecho para usted, el defecto de internar, eventualmente, por ejemplo, no a mí quizás, pero al fin y al cabo el derecho de internar personas.

Dr. X. — Telefoneaba al 609 para que usted se fuera, al 609, a la policía, para hacerlo expulsar.

A. — ¿A la policía? ¿A papá? ¡Eso es! ¡Su papá es agente de la policía! ¡Y usted iba a telefonear a su papá para que viniera a buscarme!

Dr. X. — Porque en mi opinión...

A. — Escuche, esto se pone interesante. ¿Por qué quería usted llamar a la policía? Se hubiera perdido todo esto. Confiese.

Dr. X. — Usted es doctor en leyes.

A. — Hice bien en impedirle...

Dr. X. — Cuando alguien no quiere irse de la casa de uno, uno se dirige a la policía.

A. — ¡Ah, sí! ¡Esa es la verdad! Usted me trajo a su casa, me atrapó en su pequeño interior, en su caverna.

Dr. X. — Le pedí que se fuera.

A. — ¡Escuche! Si toma la palabra para decir cosas semejantes, mejor déjeme continuar porque, si no, vamos a enervarnos, a perder el tiempo. ¿De acuerdo? Si verdaderamente tiene cosas importantes que decir, entonces es necesario que las diga, de acuerdo, es necesario que se las saque de encima, seguro, eso es verdad: usted está lleno de represiones... Pero si es para decirme que llama a la policía o que quiso llamarla... ahí hay algo que usted debería analizar. Bueno, entonces, ¿va mejor? [Tono extremadamente suave y calmo.] ¿Va mejor?

Dr. X. — ¡Pero no! [Se levanta.] Usted va a escuchar su magnetófono.

A. — No, no, no, no... No es eso lo que me importa por ahora. Mire un poco cómo ha reaccionado usted. ¡Cosa de locos! Usted se enervó, se excitó únicamente porque uno saca un pequeño aparato que va a permitirnos comprender lo que ocurre acá adentro. ¡Es absurdo! Además, en el fondo usted no ha podido explicar por qué no quería grabación. ¿No quiere decirme al menos por qué está tan enojado? Se lo diré: porque de golpe yo tomaba el comando de algo. Hasta ahora, usted tenía la costumbre de controlar completamente la situación y, bruscamente, ¡he aquí el extranjero que se introduce, que se instala en su casa!

Dr. X. — No estoy acostumbrado a la violencia física.

A. — ¿Cómo la «violencia física»?

Dr. X. — Es una violencia sacar ese magnetófono ahora.

A. — ¿Una violencia física? [Asombro extremo].

Dr. X — Y además usted la ha percibido muy bien. No hay más que mirar dónde está mi teléfono para ver que es violencia fisica. [En efecto, el teléfono ha caído al piso después del incidente inicial: «Usted no va a tocar su teléfono».]

A. — Pero... ¿está hablando en serio? ¿Es que le causa placer decir lo que acaba de decir? ¿Es que está contento por el momento? Quisiera asegurarme de su bienestar. ¿Se encuentra en forma? ¿Se siente bien? Oh, oh... [Tono amistoso como dirigiéndose a un niño.] ¡Doctor! [Muy bajo y dulce.] Cucú... ¿Vamos, no quiere responderme, no quiere decirme? En fin. Mire un poco la sítuación. Es ridículo. Tratemos de estar a la altura...


Dr. X. — Mire un poco lo que acaba de decir, lo que acaba de explicarme... 

A. — Sí. ¿Qué?

Dr. X. — Sería interesante que usted volviera a escucharlo.

A. — Seguramente. Y usted también: escuchar su silencio. Es usted el reprimido, puesto que no puede hablar. Se saca un magnetófono y, de golpe, ¡eso lo corta! Y es lo que usted ha dicho: «yo corto». Usted se ha cortado a sí mismo ¿no es así? En el sentido del asesino que se corta, que se denuncia a sí mismo. Yo no he cortado nada, al contrario, quiero continuar y quiero que se avance hacia más verdad...

Dr. x. — El tiempo que le había reservado ha pasado. Tiene que irse. 

A. — ¡Pero no! El tiempo no existe.

Dr. X. — Sí, existe.

A. — No, no existe. Ahora comienza el buen tiempo, se lo aseguro.

Dr. X. — Usted ha explicado algo. Y bien: no tiene más que extraer la lección. Ha explicado algo...

A. — ¿Sí?

Dr. X. — ...algo que usted debería haber comprendido hace tiempo.

A. — ¿Qué?

Dr. X. — Su actitud.

A. — ¿Cómo mi actitud?

Dr. X. — Lo que usted ha explicado...

A. — Es usted quien tiene una actitud [Ruido del timbre de la puerta] de ruptura. 

Dr. X. — Lo que usted acaba de explicar es su actitud. Escuche, hay  alguien que me espera.

A. — ¡Qué me importa! La próxima víctima no está apurada.

Dr. X. —A mí sí me importa.

A. [Tono categórico y destacado.] — No saldremos de este cuarto cerrado hasta que las cosas estén claras, acerca de lo que pasó y acerca del problema de sus compromisos y del no cumplimiento de sus compromisos. Sobre todo, no me hable de violencia física porque es usted, obligándome a tenderme en el diván, quien ha comenzado la violencia física. Es usted quien me ha retorcido, quien me ha puesto la cabeza al revés. Es usted quien falseó las condiciones, ¿no se da cuenta de eso? ¿No se da cuenta de que, de pronto, es ridículo? Hay algo que sobrepasa el momento presente. ¡Algo vergonzoso en su comportamiento actual, algo infantil!

Dr. X. — Usted ve que es peligroso, le he dicho que es peligroso.

A. — ¡Doctor X, usted es un payaso! ¡Un payaso siniestro, esquivo! Vine a usted durante años, dos o tres veces por semana. ¿Y qué es lo que tuve? Si soy loco y peligroso como usted dice, entonces no estaría sino recogiendo lo que usted mismo ha sembrado, lo que usted mismo ha investido con su engañadora teoría. Dése cuenta de eso. ¡Y en el fondo usted saldría muy bien de ésta, con el sustito que tiene en este momento y la pequeña reflexión que le pido que haga! ¡Es un pequeño deber que se le impone, un muy pequeño deber, nada tan grave! ¡No hace tanto daño! ¡Vamos, sonría, no ponga esa cara trompuda! Es muy importante ocuparse en curar a la gente, ser médico. ¡Y se han escrito tantos libros sobre el psicoanálisis! Eso merece que reflexionemos y que tratemos de explicarnos francamente, y de comprender lo que ha pasado entre nosotros. Porque tal vez podemos sacar, de allí, algo para otras personas. Y no soy peligroso, así que no me lo diga todo el tiempo porque por así usted trata de extraviarnos. Ha utilizado el beneficio de una situación cambiante, usted es un privilegiado, vino después de Freud, se le pagaron los estudios. Logró colocar una placa sobre su puerta... ¡y ahora se caga en un montón de gente, arrogándose el derecho de hacerlo y, así, cree salirse con la suya! Usted es un fracasado y no hará nada en su vida más que pegar su problema a otras personas... Bueno... Y ahora se terminó, eso lo entiende. Debe estar muy contento por el instante en que lo hice sufrir. ¡Porque no lo he hecho sufrir nada, nada en absoluto!

Dr. X. — Sí, usted me hace sufrir su presencia.

A. — No le hago sufrir mi presencia. Y desearía que usted permaneciera sentado.

Dr. X. — ¡Violencia física!

A. — Quisiera que se sentara.

Dr. X. — ¡Violencia física, violencia física! 

A. — En absoluto: quisiera que usted siguiera sentado.

Dr. X. —¡Violencia física!

A. —Vamos, siéntese.

Dr. X. —¡Violencia física!

A. — ¡Pero no! [Tono paternal y tranquilizante.]

Dr. X. — ¡Violencia física!

A. — ¡Pero no, es teatro!

Dr. X. — Usted me hace sufrir violencias físicas.

A. — En absoluto, no le hago sufrir violencia física.

Dr. X. — Le he dado la oportunidad de explicarse.

A. — Yo quisiera que usted se explicara, ahora.

Dr. X. — Le he dado la ocasión de explicarse y le he propuesto...

A. — En absoluto: usted me ha cortado, ha interrumpido la explicación que yo quería empezar a darle.

Dr. X. — En la medida en que yo no quería hablar delante de un magnetófono.

A. — Pero, al principio, no le pedí que hablara, le pedí que me dejara hablar.

Dr. X. — No, usted me pidió que hablara.

A. — Usted me interrumpió, así pasó: de golpe, me habló de la policía.

Dr. X. — Ahora la entrevista ha terminado.

A. — Por favor, no bromee. Yo digo que no. ¿Entonces? ¿Quién va a dar el primer paso hacia la violencia física?

Dr. X. — Usted está dándolo.

A. — ¡En absoluto! ¡Estoy muy bien aquí! Soy como un senador sudista que no deja su asiento.

Dr. X. — Usted es verdaderamente muy peligroso. Sí, seguramente usted es muy... [El doctor va hacia su ventana, la oficina está en una planta baja sobreelevada; ruido muy intenso de los postigos que abre.]

A. — ¿Va a saltar por la ventana? ¡Es extraordinario! ¿Hará eso, verdaderamente? [Nuevo ruido de postigos que A. acaba de cerrar; riendo.] Ya ve que es teatro, verdaderamente.

Dr. X. — Esto va a terminar mal. 

A. — ¡Terminará con un drama! ¡Un drama sangriento! ¡Esto va a sangrar!

Dr. X. — Sí, va a sangrar.

A. — ¿Quién va a sangrar?

Dr. X. — Esto va a sangrar.

A. — ¡Pero no, no va a sangrar, no va a terminar así! ¡Va a terminar muy cordialmente! ¡Nos divertimos muchísimo!

Dr. X. — Esto va a terminar con violencia.

A — Pero no, no va a terminar con violencia, a pesar de todo.

Dr. X. — Déjeme abrir la puerta e irme.

A. — Pero usted tiene miedo. ¿Empieza otra vez?

Dr. X. — Usted es peligroso, ya lo ve.

A. — Pero no. Necesito relajarme.

Dr. X. — Linda manera de relajarse. Usted tiene miedo.

A. — Usted quiere causarme miedo.

Dr. X. — Usted es peligroso porque tiene miedo.

A. — ¿Peligroso? ¿Qué quiere decir peligroso?

Dr. X. — Usted actúa físicamente quedándose acá.

A. — ¿Eso es peligroso?

Dr. X. — Así son las cosas.

A. — ¿Y la tortura moral? ¿Qué ha hecho con ella?

Dr. X. — Usted actúa en el plano físico.

A. — Escuche: los esclavos, cuando se rebelan, evidentemente hacen correr un poco de sangre, y sin embargo usted no ve a nadie que sangre todavía.

Dr. X. — Usted actúa en el plano físico. [Habría que precisar que A. ocupa una
posición estratégica, adosado a la única puerta de la habitación.]

A. — Se está haciendo en los calzoncillos.

Dr. X. — Le gustaría que me hiciera en los calzoncillos.

A. — En absoluto, solamente lo constato: se está haciendo en los calzoncillos.

Dr. X. — Usted tiene la impresión de ir por buen camino... Cree que me está endulzando...

A. — No lo endulzo, no tengo ninguna intención de endulzarlo. Me gustaría que empezar a hablar seriamente. 

Dr. x. — Estoy hablando seriamente: es la hora.

A. — ¿Cómo? 

Dr. X. — Es la hora. Y tengo que recibir otras personas.

A. — Es la hora? ¿Pero cómo? ¿La hora de la cuenta? ¡Seguro! ¡Llegó la hora!

Dr. X. — Lo siento mucho. 

A. — ¿Cómo que lo siente mucho? Permítame, ¡soy yo quien lo siente mucho! ¿No se da cuenta? Usted me ha vuelto idiota, me ha vuelto loco durante años. ¡Años! ¡Y pretende quedarse ahí!

Dr. X. — ¡Socorro, socorro! [A partir de este momento, el doctor va a gritar socorro una decena de veces, más y más fuerte, con una voz que se va pareciendo a la de un cerdito que estrangulan.] ¡Asesino! ¡Socorro, socorro, socorro, socorro!

A. — Cálmese y siéntese.

Di. X. — ¡Socorro, socorro!

A. — ¡Cállese o lo amordazo!


Dr X— ¡Soooooocooooorrooooo! [Larguísimo aullido].

A — ¡Pobre idiota! ¡Qué huevón! Siéntese.

Dr. X.— ¡Soooooocooooorrooooo! [Murmullo muy débil].

A.— ¿De qué tiene miedo?

Dr. X.— ¡Soooooocooooorrooooo! [Vuelven a empezar los aullidos]. ¿Ve que es peligroso?

A. — Pero no, no soy peligroso.

Dr. X.— ¡Soooooocooooorrooooo!

A. — ¿Tiene miedo de que le corte el pitito?

Dr. X.— ¡Soooooocooooorrooooo! [Este grito es el más lindo de todos.]

A. — ¡Qué grabación divertida!

Dr. X. — ¡Será muy divertida! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! [Esta vez es el lúgubre grito final de una tripa de buey que se desinfla como un animal reventado, seguido de un largo silencio.]

A. — Vamos, buen hombre. Tome sus anteojos.

Dr X. — Rotos. [Lo que no era verdad.]

[Nueva pausa.]

A. — ¡Bueno! ¡No esperaba que usted se comportara como semejante  pelotudo! ¡Verdaderamente, usted es un niño! ¡Fue verdaderamente usted quien comenzó el lío! Siéntese. ¡Y pensar que es un hombre de ciencia! ¡Linda ciencia, la suya! Freud estaría encantado. Nunca le sucedió llegar a una situación de loco furioso como esta...

Dr. X. — Ahora, por favor, terminemos aquí. Afuera han sido prevenidos, quizá valga más que se vaya.

A. — Yo estaría encantado si usted fuera hasta el final.

Dr. X. — Se arriesga a la internación. Y no será mi culpa.

A. — Muy bien, encantado, espero esa internación. Siento curiosidad por saber si llegará usted a eso. Por el momento, escribimos un excelente capítulo  del psicoanálisis.

Dr. X. — ¿Qué otra cosa quiere que le diga?

A. — Sentémonos y esperemos a la policía, la llegada de su papá. Siéntese, cálmese. Está terriblemente enervado, doctor Jekill... Ah... El señor Hyde nunca está lejos. Mmm... ¡Y pensar que yo lo quería bien! [pausa]. No soy peligroso, soy muy gentil.

Dr. X. — Sí, seguro, créalo.

A — No, no... Ahora vamos a comenzar el proceso de los psicoanalistas, y vamos a ver un poco lo que pasa y lo que hacen en su consultorio y en qué están con sus clientes. Vamos a ver, y creo que será interesante como descubrimiento para saber quién tiene el mundo al revés. ¿Qué? ¿Quiere irse? ¿Quiere salir corriendo? ¡Cagón!

[Se oye a lo lejos al doctor dirigiéndose a su mujer: «¡Lulú, por favor, telefonea al 609!»]

A. [Imitando la voz y el tono del doctor.] — ¡Por favor, rápido!... Bueno, nos vamos... ¿No tiene nada más que decir, doctor, antes de despedirnos?

Dr. X. — La próxima vez...

A. — ¿Sí?

Dr. X. — Por hoy, no hablaré más. Quiero volver a charlar con usted, pero sólo hablaré delante de personas capaces de controlar sus violencias.

A. — ¡Muy bien! 


Dr. X. — Pero estoy dispuesto a tener una explicación con usted sin magnetófono y ante personas capaces de contenerlo.

A. — ¡Muy bien! ¿No tiene nada más que decir? ¿Entonces hemos terminado? ¿Cortamos? ¡Se interrumpe la sesión!

Dr. X. — ¡Sí!

A. — Muy bien, se interrumpe la sesión entonces, ésta es la primera sesión, hasta la próxima, entonces. Hasta la vista, doctor.


Les Temps Modernes, número 274, abril de 1969.



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