Protocolos de lectura: cap. I, sec. 3, «El sujeto y el goce».


[Hesher (2010), o el poder solar de la máquina célibe.]


Este parágrafo se inicia retomando el primero de los tres sentidos de proceso: inmanencia de la triple producción. Esta recapitulación permite introducir el tercer momento del asunto...


La tercera síntesis: síntesis conjuntiva o producción de consumo. Acá se completa la tríada producción-registro-consumo (que puede anticiparse con sólo leer antentamente la tabla de materias). De las intensidades que recorren el CsO sobre las redes disyuntivas queda un resto o residuo energético cuyo consumo produce un sujeto: «Del mismo modo como una parte de la libido en tanto que energía de producción se ha transformado en energía de registro (Numen), una parte de ésta se transforma en energía de consumación (Voluptas)» (25). 

En este nivel de exposición teórica del libro no hay objetos consumibles (porque todo es fragmento, producto-producir, flujo-corte) ni hay sujetos consumidores (porque las disyunciones son inclusivas, de manera que no se puede discernir ninguna identidad que preceda los consumos). Lo que hay son estados intensivos consumados, no simplemente consumidos, de los que resulta «un extraño sujeto, sin identidad fija [...] que nace de los estados que consume y renace en cada estado» (24). Es muy importante la referencia a Georges Bataille en la tercera nota al pie del libro, ya que el gasto o consumo suntuario, no productivo o inútil, permite pensar más allá –o más acá– de la utilidad, esto es, el arreglo a fines de algo. La utilidad supone una conciencia que prevé y por eso hay que tomar el punto de vista de la inutilidad de la naturaleza, es decir, el punto de vista que atiende a la ausencia de causa final en la naturaleza (aquí sería muy provechoso leer el Apéndice al Libro I de la Ética de Spinoza). 

Que el capítulo I del AE se intitule «Las máquinas deseantes» nos indica cuál es el nivel de formulación de los problemas en esta instancia del libro: un campo de intensidades pre-subjetivo o a-subjetivo, pre-conciente o in-conciente. De ahí que el sujeto emergente en esta instancia sea

un extraño sujeto, sin identidad fija, que vaga sobre el cuerpo sin órganos, siempre al lado de las máquinas deseantes, definido por la parte que toma en el producto, que recoge en todo lugar la prima de un devenir o de un avatar, que nace de los estados que consume y renace en cada estado. (24)
Máquina célibe. La tensión repulsión/atracción entre máquinas deseantes y CsO es superada en la reconciliación –nótese la terminología hegeliana en el libro– de una nueva alianza: las máquinas célibes son posiciones subjetivas inconscientes que dependen de las disyunciones inclusivas de registro. Al ser inclusivas estas disyunciones, afirman sin oposición, de manera que el sujeto pasa de un estado a otro sin negar ninguno y este es el nomadismo del «yo siento» que recorre este parágrafo.


En 1967, Julio Cortázar publica La vuelta al día en ochenta mundos. Allí se incluye un capítulo intitulado «De otra máquina célibe», que comienza con esta cita del cuarto capítulo del Raymond Roussel (1963) de Foucault:
Fabricadas a partir del lenguaje, las máquinas son esta fabricación en acto; son su propio nacimiento repetido en ellas mismas; entre sus tubos, sus brazos, sus ruedas dentadas, sus sistemas metálicos, el ovillo de sus hilos, guardan el procedimiento dentro del cual están guardadas.
La máquina célibe tiene dos rasgos principales, según el AE: uno relativo a la máquina paranoica, otro relativo a la máquina milagrosa (26). El primero: la máquina célibe da cuenta de una antigua máquina paranoica, aunque se distingue de ésta en todo: «sus mecanismos, carro, tijeras, agujas, imanes, radios [...] manifiesta algo nuevo, un poder solar» (26). El segundo: tal novedad de la máquina célibe no se explica por la inscripción milagroseada que guarda, sino por un «consumo actual [...] un placer que podemos calificar de auto-erótico o más bien de automático» (26). La «Rayuel-o-matic» (máquina construida para leer Rayuela) ilustra este carácter autoerótico de estas singularidades denominadas «máquinas célibes».

Rayuela –leemos en La vuelta al día...– es un libro para leer en la cama a fin de no dormirse en otras posiciones de luctuosas consecuencias. Los diseños 4 y 5 ilustran admirablemente esta ambientación favorable, sobre todo el número 5 donde no faltan ni el mate ni el porrón de ginebra (juraría que también hay una tostadora eléctrica, lo que me parece una pituquería):

En La Eva Futura (1886), de Villiers de l'Isle-Adam y citada en el AE, lord Ewald expone a Edison su pena de amor por Alicia Clary. Al concluir Ewald su extenso y melancólico discurso, Edison le dice: «Sois uno de esos enfermos a quienes hay que tratar por el veneno, y me resuelvo a medicinaros de una manera terrible, propia de vuestro caso excepcional. El remedio consiste en realizar vuestros deseos.» 

Esa realización –las cursivas son originales de Villiers y recordemos que el tercer sentido de proceso es realización del deseo– consiste en un ser arificial fabricado por Edison: una androide o «andreide» (como dice el texto). Semejante solución al mal de amores suscita las razonables suspicacias de lord Ewald:
—¿Podéis reproducir la identidad de una mujer, vos, nacido de una de ellas?
—Mil veces más idéntica a ella misma que ella misma. ¡Oh! Seguramente, puesto que no pasa ni un día sin modificar algunas líneas del cuerpo humano y la fisiología nos prueba que se renuevan enteramente sus átomos cada siete años. ¿Existe, acaso, el cuerpo? ¿Nos parecemos jamás a nosotros mismos? [...]
—Y bien, suponiendo que logréis vuestro empeño, ¿cómo podréis convencerme a mí de la realidad de esa nueva Eva?
—Esa es una cuestión de impresión, en la que el razonamiento no entra sino como un ayudante secundario. ¿Se razona el encanto que se experimenta? [...]
—¿Sabrá quién es y lo que es?
—¿Lo sabemos nosotros de nosotros mismos? ¿Vais a exigir de la copia más de lo que Dios ha concedido al original?
—Lo que yo pregunto es si vuestra criatura tendrá el sentimiento de sí misma.
—Sin duda.
—¿Cómo? ¿Qué?, exclamó lord Ewald asombrado.
—Digo que sin duda, puesto que eso depende de vos. Cuento solamente con vos para que se realice esa parte del milagro.
—¿Conmigo?
—¿Quién más interesado en este problema?
De esa manera, en ese texto sorprendente, Edison despliega un notable lacanismo avant la lettre al asumir, científicamente, el soporte fantasmático o fantástico de toda realidad.

Materia, huevo, intensidades, yo siento. Tomen un huevo de gallina; rómpanlo y miren la yema... ¿dónde están las patas del pollito, dónde sus plumas, el pico, sus pío-pío...? La embriología estudia cómo una planicie de intensidades deviene órgano. No cualquier órgano: un huevo de gallina tiene bajas probabilidades de devenir yacaré, helecho o Janis Joplin. Miramos la yema y todo parece lo mismo, sin embargo «está atravesado por ejes y umbrales, latitudes, longitudes, geodésicas, está atravesado por gradientes que señalan los devenires y los cambios» (27). 

En esa dimensión el esquizo hace su «experiencia desgarradora, demasiado conmovedora, mediante la cual [...] es el que está más cerca de la materia, de un centro intenso y vivo de la materia» (27), «como el que llega a la vida profunda de todas las formas o de todos los géneros» (14), «ése que se instala en este punto insoportable donde la mente toca la materia y vive sus momentos de intensidad y la consume» (27). 

Luego es... Ya vimos que los tres momentos de la producción son inmanentes a la producción. El consumo es inmediatamente producción. El sujeto que nace de los estados consumados se reinjerta en la producción. De manera que cuando el conector «Luego es...» no indica una identidad fija ni una persona global, sino un estado de intensidad: luego es... ello. Luego es... el inconsciente autoproduciéndose. «¿Cómo ha podido ser reducida la síntesis conjuntiva del "¡Luego era ello [C'était donc ça]!" "¡Luego soy yo!" el eterno y triste descubrimiento de Edipo, "Luego es mi padre, luego es mi madre..."?» (28) El psicoanálisis impone representaciones yoicas y parentales allí donde «nada es representativo» (27): «vemos hasta qué punto el consumo de intensidades puras es ajeno a las figuras familiares, y en qué sentido el tejido conjuntivo del "Luego es..." [C'est donc...] es ajeno al tejido edípico» (28). Conviene comparar estos pasaje que cité con la traducción de Francisco Monge porque entiendo que sus elecciones son conceptualmente inadecuadas en este punto.

Los nombres de la historia. «El estado vivido es primero con respecto al sujeto que lo vive» (28, 26), un yo siento precede al yo pienso: un sujeto es un paquete de intensidades. En 1889, Nietzsche le escribe a Burckhardt «Lo que me desagrada y resulta incómodo para mi modestia es que, en el fondo, soy todos los nombres de la historia». Los nombres de la historia no son personas globales sino estados de intensidad consumidos y consumados por un sujeto nómade que renace cada vez:
En mí, la personalidad es una especie de forunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad. [...] Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con ellas, no me convenzo de que me pertenezcan. [...] Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas que se entrechocan y se destruyen mutuamente.
Experiencia esquizo de Oliverio Girondo, que supo expresar la «comunión plenaria» hombre-naturaleza y la consumación de la historia universal en erupción crónica: Homo natura y Homo historia.


Referencias bibliográficas

Pierre Klossowski, Nietzsche y el círculo vicioso, trad. Roxana Páez, La Plata, Caronte, 1995.
Auguste Villiers de l'Isle-Adam, La Eva Futura, trad. s/ref., Buenos Aires, Biblioteca de La Nación, 1902.




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