Protocolos de lectura: cap. I, sec. 6, «El todo y las partes».


[El laberinto del fauno (2006), o la experiencia metafísica y social de Ofelia.]

«El todo y las partes» expone la lógica del sistema que rige las investigaciones del AE. Lógica, aquí, ha de entenderse en sentido fuerte: no la lógica como un lenguaje formal que transmite verdad o falsedad, sino la lógica como aprehensión racional de lo real. Es lo que intenta Hegel en la Ciencia de la lógica, por poner un ejemplo excelso. Y es como ha de entenderse que Deleuze escriba, por poner otro ejemplo, el Francis Bacon (1981), cuyo subtítulo es Lógica de la sensación. Sin ir tan lejos, el problema asedia a Deleuze desde su temprano estudio de la obra de Bergson: remito al segundo capítulo de El bergsonismo (1966), cuyo título es «La duración como dato inmediato» y cuyo subtítulo es «Teoría de las multiplicidades».

El I, 6 del AE presenta, decía, la lógica del sistema (supuesto que haya un sistema en el libro; y yo entiendo que lo hay, toda vez que el libro se propone, entre otras cosas, como una teoría general de los flujos). Voy siguiendo la tabla de materias y pongo entre paréntesis el número de página:

Estatuto de las multiplicidades. Caballito de batalla que se hará famoso a partir de Rizoma (1976) Mil mesetas (1980): en el principio no hay ni uno ni múltiple, ni todo ni partes; en el principio hay multiplicidades. (No «en el principio» en el sentido de «en el origen primitivo de los tiempos» sino en el sentido de «cómo es lo que hay», o sea, cómo es lo real.) Todos los unos y los múltiples que experimentamos, todos los todos y las partes que experimentamos, derivan –según AE– de la multiplicidad.

No hay ninguna totalidad-unidad originaria perdida que debamos recuperar (el Edén, el Estado de Bienestar, el momento en el que el lazo social era sólido, etc.) ni ninguna totalidad-unidad por venir que debamos realizar (el Reino de Dios, la Revolución, el Desarrollo Sustentable, etc.). Hay multiplicidades como instancia lógica de producción de todas las partes y de todos los todos. En este sentido, si las multiplicidades están en la base de la lógica (faz del pensar) del AE, en la base de su ontología (faz del ser) están los flujos.


Los objetos parciales. Melanie Klein descubre la experiencia de las multiplicidades y les llama a éstas «objetos parciales» pero... de una parte, los considera fantasmas (cuando en verdad son reales) y desde el punto de vista del consumo (cuando lo eminente es el punto de vista de la producción) y, de otra parte, mantiene la lógica de partes-todo remitiendo los objetos parciales a personas globales, totalidades, lógicamente precedentes (aunque sean, para el sujeto, cronológicamente sucesoras: gustamos de chupetear una teta y, con el tiempo, nos enteramos de que es la teta de mamá). «De este modo, la lógica de los objetos parciales es reducida a nada» (p. 50).

Crítica de Edipo, la mixtificación edípica. El problema con Edipo es la reducción interpretativa del deseo a términos familiaristas: «El niño está continuamente en familia; pero en familia y desde el principio, lleva a cabo inmediatamente una formidable experiencia no-familiar que el psicoanálisis deja escapar.» (52) El caso del pobre Dick (50) ilustra horrorosamente bien por qué el libro se llama «anti»-Edipo.

En mayo de 1973, Foucault da una serie de confernecias en Río de Janeiro. Al final de la serie, se abre el debate con los asistentes y las primeras preguntas giran en torno al AE, publicado un año antes. Foucault no oculta su disgusto pero ni así logra reconducir el debate hacia las investigaciones que presentó:



M. Foucault: Ustedes pensarán que soy detestable y tendrán razón, soy detestable. Yo a Edipo no lo conozco. Cuando usted dice que Edipo es o no el deseo, respondo: ¿quién es Edipo?, ¿qué es Edipo?
H. Pelegrino: Una estructura fundamental de la existencia humana.
MF: Le responderé en términos absolutamente deleuzianos: no es en absoluto una estructura fundamental de la existencia humana, sino cierto tipo de coacción, una relación de poder que la sociedad, la familia, el poder político, establecen sobre los individuos.
HP: La familia es una fábrica de incesto.
MF: Encaremos la cuestión de otra manera. La discusión se instaura cuando se afirma que la madre es el primer objeto de deseo. Deleuze les diría, y estoy nuevamente con él, ¿por qué habría que desear a la propia madre? Así ya no es tan divertida. Se desean cosas, historias, cuantos, Napoleón, Juan de Arco, etc., todas estas cosas son objetos de deseo.
HP: Pero también el otro es objeto de deseo. La madre es el primer otro, y se constituye en dueña del niño.
MF: Deleuze les diría que no es la madre quien constituye al otro. El otro fundamental es lo es lo esencial del deseo.
HP: ¿Cuál es el otro fundamental del deseo?
MF: No hay otro fundamental del deseo, hay todos los otros. Deleuze es profundamente pluralista. Hizo sus estudios al mismo tiempo que yo. Preparaba una tesis sobre Hume mientras yo lo hacía sobre Hegel. Yo era en ese entonces comunista y él ya era pluralista, y creo que eso siempre le ayudó. Su preocupación fundamental es lograr una filosofía no humanista, no militar, pluralista, de la diferencia, de lo empírico en el sentido más o menos metafísico de la palabra.
HP: Se refiere a los niños como si se tratara de adultos. El niño, por definición, no puede tener ese pluralismo, ese registro de objetos. Es algo característico de la relación que nosotros establecemos con el mundo. No podemos sobrecargar a un recién nacido con ese abanico de posibilidades que son las nuestras como adultos. Inclusive en el problema de la psicosis, el otro es el mundo, todas las cosas. Pero para el niño recién nacido, por una cuestión de dependencia inexorable, la madre se transforma casi por coacción biológica en su objeto primordial.
MF: En este punto es preciso tener cuidado con las palabras. Si usted dice que el sistema de existencia familiar, de educación, de cuidados dispensados a los niños, produce el deseo del niño de tener como primer objeto, primero cronológicamente, a la madre, creo que puedo estar de acuerdo. Esto nos remite a la estructura histórica de la familia, de la pedagogía, de los cuidados dispensados al niño; pero si usted dice que la madre es el objeto primordial, el objeto esencial, fundamental, que el triángulo edípico caracteriza la estructura fundamental de la existencia humana, yo estoy en desacuerdo.
HP: Existen unas experiencias de un psicoanalista muy importante llamado René Spitz que muestran el fenómeno del hospitalismo. Los niños que no han tenido contacto con la madre mueren por falta de «madre materna».
MF: Comprendo. Eso no prueba que la madre sea indispensable, sino que el hospital no es bueno.
AE anticipa ese tipo de críticas que dejan incuestionado el sentido común familiarista: «No se trata de negar la importancia vital y amorosa de los padres. Se trata de saber cuál es su lugar y su función en la producción deseante, en lugar de hacer a la inversa, haciendo recaer todo el juego de las máquinas deseantes en el código restringido de Edipo» (52). La mixtificación edípica consiste en esta inversión: la familia aparece como fuerza estructurante del deseo, cuando en verdad la familia es resultado de fuerzas históricas y sociales que asignan a la familia determinada funcionalidad política en la reproducción del orden establecido.

El inconsciente huérfano. «Es entre los objetos parciales y en las relaciones no familiares de la producción deseante que el niño siente su vida y se pregunta qué es vivir» (52). El inconsciente, como producción deseante, es lógica y ontológicamente anterior a las relaciones familiares (las figuras parentales, las personas globales, son producciones entre otras producciones): «Las relaciones sociales y las relaciones metafísicas no constituyen un después o un más allá» (53) sino que constituyen, desde el principio y sin cesar, la autoproducción del inconsciente como coextensividad hombre-naturaleza, «allí donde también el pensador socialista descubría en la producción la unidad del hombre y la naturaleza» (53). ¿Quién es este pensador? Karl Marx, por supuesto.


Qué es lo que no va en el psicoanálisis. El psicoanálisis descubre la sexualidad como producción del deseo pero, en lugar de liberarla en la coextensividad Naturaleza-Producción, en lugar de exhibir «la fábrica fantástica» del inconsciente, concluye la tarea represiva de la psiquiatría del siglo XIX: ahogar el deseo en el espacio íntimo, privado, de la familia burguesa; remitir todas las patologías a la institución burguesa de la familia como si fuera no una institución histórica sin la estructura invariante del deseo humano. 


La continuidad explícita en la que AE (1972) se coloca con respecto a Historia de la locura en la época clásica (1961) invita a pensar una serie de investigaciones comunes que incluirá, de manera igualmente explítica, Vigilar y castigar (1974) y Mil mesetas (1980).






Referencias bibliográficas

Foucault, M., La verdad y las formas jurídicas, trad. Enrique Lynch, Barcelona, Gedisa, 1980.















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