Guattari por Deleuze

El primer libro de Guattari, Psicoanálisis y transversalidad (1972), se publicó por insistencia de Deleuze: la secuencia política abierta en 1968 exigía, para la caracterización deleuziana de la coyuntura, una inmediata difusión de los textos allí compilados para propiciar una elaboración teórica colectiva que estuviera a la altura de las circunstancias. El libro, que apareció casi al mismo tiempo que El Anti-Edipo, lleva un prefacio en el cual Deleuze plantea tres problemas acerca de las relaciones entre el psicoanálisis y los grupos militantes. Publicamos acá ese prefacio.

Para un despliegue esquemático de los principales conceptos de este texto (despliegue apoyado, por supuesto, en El Anti-Edipo como fuente primaria de indelegable lectura), se puede ver el tercer acápite, intitulado «Interés de clase y deseo de grupo», de «La servidumbre voluntaria (Tres perspectivas de abordaje a un problema de economía política libidinal)» Me resta decir que operé la traducción a partir de Félix Guattari, Psychanalyse et transversalité (Essais d’analyse institutionelle), François Maspero, París, 1974, pp. i-xi; y que la confronté con las versiones de Fernando Hugo Azcurra (Psicoanálisis y transversalidad, Buenos Aires, Siglo XXI, 1976, pp. 9-21) y José Luis Pardo (La isla desierta y otros textos, Valencia, Pre-Textos, 2005, 251-65).


Tres problemas de grupo
Gilles Deleuze

Traducción y notas:
Mariano A. Repossi

[Bichos (1998), o cómo enfrentar el límite del propio sinsentido grupal.]

Ocurre a veces que el militante político y el psicoanalista se encuentran en la misma persona y que, en lugar de permanecer separados, de traer toda clase de justificaciones para mantenerse separados, no dejan de mezclarse, de interferirse, de comunicarse, de tomarse el uno por el otro. Es un acontecimiento bastante infrecuente desde Reich. Pierre-Félix Guattari apenas se ocupa de los problemas de la unidad de un Yo. El yo forma parte, más bien, de esas cosas que hay que disolver, bajo el asalto conjugado de fuerzas po­líticas y analíticas. La frase de Guattari, «todos somos grupúsculos», marca bien la búsqueda de una nueva subjetividad, subjeti­vidad de grupo, que no se deja encerrar en un todo forzado a reconstituir cuanto antes un yo o, lo que es todavía peor, un superyó, sino que se ex­tiende a varios grupos a la vez, divisibles, multiplicables, comunicantes y siempre revocables. El criterio de un buen grupo es que no se sueñe único, inmortal y significante, como un sindicato de defen­sa o de seguridad, como un ministerio de ex-combatientes, sino que se ramifique en un afuera que le confronte con sus posibilidades de sinsentido, de muerte o de eclosión [éclatement], «en virtud de su misma apertura a los demás grupos». El individuo, a su vez, es un grupo así. Guattari encarna de la manera más natural los dos aspectos de un anti-Yo: de una parte, como una piedra catatónica, cuerpo cegado y endurecido que se impregna de muerte cuando se quita sus gafas; de otra, como un brillo de mil fuegos, hormigueante de múltiples vidas en cuanto mira, actúa, ríe, piensa, ataca. Por eso se llama Pierre y Félix: potencias esquizofrénicas.[1]

En este encuentro del psicoanalista y el militante, se plantean al menos tres órdenes de problemas:

l°) ¿De qué forma introducir la política en la práctica y la teoría psicoanalíticas (una vez dicho que, de todas maneras, la política está en el inconsciente mismo)?


2°) ¿Cabría introducir, y cómo, el psicoanálisis en los grupos militantes revolucio­narios? 


3°) ¿Cómo concebir y formar grupos terapéuticos específicos, cuya influencia repercutiera [réagirait] sobre los grupos políticos, y también sobre las estructuras psiquiátricas y psicoanalíticas? 


A propósito de estos tres tipos de problemas, Guattari presenta aquí un cierto número de artículos, desde 1955 a 1970, que señalan una evo­lución, con dos grandes referencias: las esperanzas-desesperaciones que siguieron a la Liberación, y las esperanzas-desesperaciones que siguieron a mayo de 1968; y, entre las dos referencias, el trabajo de topo que preparó al Mayo.


En cuanto al primer problema, se verá cómo Guattari tuvo muy pronto la impresión de que el inconsciente se relaciona directamente con todo un campo social, económico y político, mucho más que con las coordenadas míticas y familiares invocadas tradicionalmente por el psicoanálisis. Se tra­ta de la libido como tal, como esencia del deseo y la sexualidad: inviste y desinviste los flujos de cualquier naturaleza que recorren el campo social, opera los cortes de esos mismos flujos, sus bloqueos, sus fugas, sus retenciones. Y sin duda no opera de manera manifiesta, al modo de los intereses objetivos de la con­ciencia y de los encadenamientos de la causalidad histórica; pero desplie­ga un deseo latente coextensivo al campo social, que acarrea rupturas de la causalidad, emergencias de singularidades, puntos de detención y de fuga. 1936 no es solamente un acontecimiento de la conciencia histórica, sino también un complejo del inconsciente. Nuestros amores, nuestras opciones sexuales, no derivan tanto de un Papá-Mamá mítico como de lo real-social, de las interferencias y efectos de flujo investidos por la libido. ¿Con qué no se hace el amor y la muerte? [2] Guattari puede entonces reprocharle al psi­coanálisis la manera en que aplasta sistemáticamente todos los contenidos socio-políticos del inconsciente, que determinan en realidad los objetos del deseo. El psicoanálisis, dice, parte de una suerte de narcisismo absoluto (Das Ding) y desemboca en un ideal de adaptación social que llama cura; pero este trámite siempre deja en la sombra una constelación social singular que, muy por el contrario, habría que explorar, en lugar de sacrificarla a la invención de un inconsciente simbólico abstracto. El Das Ding no es el hori­zonte recurrente que funda ilusoriamente una personalidad individual, sino un cuerpo social que sirve de base a potencialidades latentes (¿por qué aquí hay locos y allá hay revolucionarios?). Más importantes que el padre, la madre, la abue­la, son todos esos personajes que habitan [hantent][3] las preguntas fundamenta­les de la sociedad en tanto lucha de clases de nuestra época. Más importante que contar cómo la sociedad griega, un buen día, hizo con Edipo «el viraje de la dermorreacción», es la enorme Spaltung[4] que hoy atraviesa el mundo comunista. ¿Cómo olvidar el papel desempeñado por el Estado en todos los atolladeros en los que la libido se encuentra atrapada, reducida a investir las imágenes intimistas de la familia? ¿Cómo creer que el complejo de castración pueda encontrar alguna vez una solución satisfactoria mientras la sociedad le confíe una función inconsciente de regulación y represión sociales? En suma, la relación social jamás constituye ni un más allá ni un después de los problemas in­dividuales y familiares. Asimismo, resulta curioso hasta qué punto los contenidos sociales, económicos y políticos de la libido se muestran tanto mejor cuan­do nos hallamos ante síndromes en su aspecto más desocializado, como en el caso de la psicosis. «Más allá del Yo, el sujeto eclosiona [éclaté] hacia los cuatro costados al universo histórico, el delirante rompe a hablar len­guas extranjeras, alucina la historia, y los conflictos de clase o las guerras se convierten en instrumentos de su expresión más propia [...] la distinción entre la vida privada y los diversos niveles de la vida social no tiene ya sen­tido.»[5] (Compárese con Freud, que sólo retiene de la guerra un instinto de muerte indeterminado y un choque no cualificado, un exceso de excitación de tipo «bum-bum».) Restituir al inconsciente sus perspectivas históricas sobre un fondo de inquietud y desconocimiento implica una inversión [renversement][6] del psicoanálisis y, sin duda, un redescubrimiento de la psicosis bajo los oro­peles de la neurosis. Pues el psicoanálisis ha unido sus esfuerzos a los de la psiquiatría más tradicional para ahogar la voz de los locos que nos ha­blan esencialmente de política, economía, orden y revolución. En un reciente artículo, Marcel Jaeger muestra que «las declaraciones de los locos no presentan sólo el espesor de sus desórdenes psíquicos individua­les: el discurso de la locura se articula sobre otro discurso, el de la historia política, social, religiosa, que habla en cada uno de ellos. [...] En ciertos ca­sos, la utilización de conceptos políticos provoca un estado de crisis en el enfermo, como si actualizara [mettait à jour] el nudo de las contradicciones en las cua­les el loco está atrapado. [...] No hay lugar del campo social, incluido el asilo, en donde no se escriba la historia del movimiento obrero».[7] Estas fórmulas expresan la misma orientación que los trabajos de Guattari desde sus primeros artículos, la misma empresa de re-evaluación de la psicosis.

Se ve la diferencia con Reich: no hay una economía libidinal que vendría a prolongar por otros medios la economía política, no hay una represión sexual que vendría a interiorizar la explotación económica y el sometimiento político. Sino que el deseo como libido ya está en todas partes, la sexualidad recorre y abraza todo el campo social, coincidiendo con los flujos que pasan por los objetos, las personas y los símbolos de un grupo, y de los cuales dependen éstos en su delimitación y en su propia constitución. Tal es el carácter latente de la sexualidad del deseo, que no se vuelve manifiesto más que con las elecciones de objetos sexuales y de sus símbolos (es demasiado evidente que los símbolos son concientemente sexuales). Por tanto, la economía política en tanto que tal, economía de flujos, es inconscientemente libidinal: no hay dos economías, y el deseo o la libido son solamente la subjetividad de la economía política: «Lo económico es, a fin de cuentas, el resorte mismo de la subjetividad». Esto es lo que expresa la noción de institución, que se define por una subjetividad de flujo y corte de flujo en las formas objetivas de un grupo. Las dualidades de lo objetivo y lo subjetivo, de la infraestructura y la superestructura, de la producción y la ideología, se desvanecen para ser sustituidas por la estricta complementariedad del sujeto deseante de la institución y el objeto institucional. (Habría que comparar estos análisis institucionales de Guattari con los que Cardan hacía, al mismo tiempo, en Socialisme ou Barbarie).[8]

*

*   *

El segundo problema –¿conviene, y cómo, introducir el psicoanálisis en los grupos políticos?–, excluye evidentemente toda «aplicación» del psicoanálisis a los fenómenos históricos y sociales. En tales aplicaciones, con Edipo a la cabeza, el psicoanálisis ha acumulado muchas ridiculeces. El problema es completamente otro: la situación que hace del capitalismo aquello que la revolución debe destruir, pero que también ha hecho de la revolución rusa, de su historia posterior, de la organización de los partidos comunistas y de los sindicatos nacionales otras tantas instancias incapaces de llevar a cabo esa destrucción. A este respecto, el carácter propio del capitalismo, que se presenta como una contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, consiste en lo siguiente: el proceso de reproducción del capital, del cual depende el régimen de las fuerzas productivas, es en sí mismo un fenómeno internacional que implica la división mundial del trabajo, pero el capitalismo no puede, sin embargo, romper con los marcos nacionales en el interior de los cuales desarrolla sus relaciones de producción, ni con el Estado como  instrumento de valorización del capital.a El internacionalismo del capital se efectúa, pues, mediante estructuras nacionales y estatales que, que lo frenan al mismo tiempo que lo realizan, y que desempeñan el papel de arcaísmos actuales. El capitalismo monopolista de Estado, lejos de ser un dato último, es el resultado de un compromiso. En esta «expropiación de los capitalistas en el seno del capital», la burguesía mantiene su plena dominación del aparato de Estado, pero esforzándose cada vez más por institucionalizar e integrar a la clase obrera, de manera que las luchas de clase se vuelven descentradas con respecto a los lugares y factores de decisión reales que remiten a la economía capitalista internacional y desbordan ampliamente a los Estados. En virtud del mismo principio, «solamente una pequeña esfera de la producción se inserta en el proceso mundial de reproducción del capital», mientras que el resto permanece sometido, en los Estados del tercer mundo, a relaciones precapitalistas (arcaísmos actuales de un segundo género).

En esta situación, se constata la complicidad de los partidos comunistas nacionales, que militan por la integración del proletariado en el Estado, hasta el punto de que «los particularismos nacionales de la burguesía son, en buena medida, el resultado de los particularismos nacionales del proletariado mismo; y la división interior de la burguesía, la expresión de la división del proletariado». Por otra parte, incluso cuando se afirma la necesidad de las luchas revolucionarias en el tercer mundo, estas luchas sirven como moneda de cambio de las negociaciones, y marcan la misma renuncia a una estrategia internacional y al desarrollo de la lucha de clases en los países capitalistas. ¿No es todo esto resultado de la consigna: defensa de las fuerzas productivas nacionales por parte de la clase obrera, lucha contra los monopolios y conquista del aparato del Estado?

El origen de esta situación se encuentra en lo que Guattari denomina «el gran corte leninista» de 1917, que fija, para bien y para mal, las grandes actitudes, los enunciados principales, las iniciativas y los estereotipos, las fantasías y las interpretaciones del movimiento revolucionario [9]. Este corte consistió en lo siguiente: operar una verdadera ruptura de la causalidad histórica, «interpretando» la desbandada militar, económica, política y social como una victoria de las masas. En lugar de la necesidad de una sagrada unión del centro-izquierda [centre gauche[10], surgió la posibilidad de la revolución socialista. Pero esta posibilidad no fue asumida más que erigiendo al partido, que había sido hasta entonces una modesta formación clandestina, en embrión de un aparato de Estado capaz de dirigirlo todo, cumpliendo una vocación mesiánica y sustituyendo a las masas. De ello se siguen dos consecuencias de mayor o menor alcance. En tanto que el nuevo Estado se enfrentó a los Estados capitalistas, mantuvo con ellos unas relaciones de fuerza cuyo ideal era una suerte de statu quo: lo que había sido la táctica leninista en la fase de la NEP [11] se transformó en la ideología de la coexistencia pacífica y de la competencia económica. La idea de rivalidad fue ruinosa para el movimiento revolucionario. Por otra parte, en cuanto que el nuevo Estado se hizo cargo del internacionalismo proletario, no pudo desarrollar la economía socialista más que en función de los datos del mercado mundial y con objetivos similares a los del capital internacional, aceptando de buena gana la integración de los partidos comunistas locales en las relaciones de producción capitalistas, siempre en nombre de la defensa, por parte de la clase obrera, de las fuerzas productivas nacionales. En suma, no es justo decir, como los tecnócratas, que las dos clases de regímenes y de Estados convergían a medida que evolucionaban; pero tampoco hay que suponer, como Trotski, la existencia de un Estado proletario sano que habría sido pervertido por la burocracia y que podría ser salvado mediante una simple revolución política. Todo estaba decidido o traicionado en la forma en que el Estado-partido respondía a los Estados-ciudad del capitalismo, incluso en las relaciones de hostilidad y contraposición. Testimonio de ello es precisamente la debilidad de la creación institucional en Rusia, en todos los dominios, a partir de la precoz liquidación de los Soviets (por ejemplo, al importar fábricas de automóviles totalmente montadas, se importan también tipos de relaciones humanas, funciones tecnológicas, separaciones entre el trabajo intelectual y el trabajo manual, modos de consumo profundamente extraños al socialismo).

Todo este análisis adquiere sentido en función de la distinción propuesta por Guattari entre grupos sometidos y grupos-sujeto. Los grupos sometidos lo son tanto por los amos de los que se dotan o que aceptan como por sus masas; la jerarquía, la organización vertical o piramidal que les caracteriza está hecha para conjurar toda inscripción posible de sinsentido, de muerte o de eclosión, para impedir el desarrollo de cortes creadores, para asegurar mecanismos de autoconservación fundados en la exclusión de los demás grupos; su centralismo opera por estructuración, totalización y unificación, sustituyendo las condiciones de una verdadera «enunciación» colectiva por una disposición[12] de enunciados estereotipados, separados tanto de lo real como de la subjetividad (y ahí es donde se producen los fenómenos imaginarios de edipización, de super-yoización y de castración de grupo). Los grupos-sujeto, al contrario, se definen por coeficientes de transversalidad que conjuran las totalidades y las jerarquías: son agentes de enunciación, soportes de deseo, elementos de creación institucional; a través de su práctica no cesan de confrontarse al límite de su propio sinsentido, de su propia muerte o ruptura. Incluso no se trata tanto de dos tipos de grupo como de dos vertientes de la institución, ya que un grupo-sujeto siempre corre peligro de dejarse someter, en una crispación paranoica por la que desea a toda costa mantenerse y eternizarse como sujeto; e inversamente, «un partido antaño revolucionario y hoy más o menos sometido al orden dominante puede aún ocupar a los ojos de las masas el lugar vacío del sujeto de la historia, devenir a su pesar portavoz de un discurso que no es el suyo, aunque lo traicione cuando las relaciones de fuerza comporten un retorno a la normalidad: no por ello dejará de conservar, involuntariamente, una potencialidad de corte subjetivo que podrá revelarse en un cambio de contexto». (Ejemplo extremo de cómo los peores arcaísmos pueden llegar a ser revolucionarios: los vascos, los católicos irlandeses, etc.)[13]
               
Es verdad que si el problema de las funciones de grupo no se plantea desde el principio, enseguida será demasiado tarde para hacerlo. ¿Cuántos grupúsculos que no animan sino a unas masas fantasmales tienen ya, sin embargo, una estructura de sometimiento, con su dirección, su correa de transmisión y su base, que reproducen en el vacío los errores y perversiones que combaten? La experiencia de Guattari pasa por el trotskismo, el entrismo, la oposición izquierda (la Voie Communiste), el movimiento del 22 de marzo. A lo largo de este camino, el problema constante es el del deseo o de la subjetividad inconsciente: ¿cómo un grupo puede hacerse cargo [porter] de su propio deseo, ponerlo en conexión con los deseos de otros grupos y los deseos de masa, producir los enunciados creadores correspondientes y constituir las condiciones, no de su unificación, sino de una multiplicación propicia a los enunciados de ruptura? El desconocimiento y la represion de los fenómenos de deseo inspiran las estructuras de sometimiento y de burocratización, el estilo militante hecho de ese amor rencoroso que decide favor de cierto número de enunciados dominantes excluyentes. La manera constante en que los grupos revolucionarios han traicionado su tarea es bien conocida. Proceden por desprendimiento [détachement], retención [prélèvement] y selección residual: desprendimiento de una vanguardia supuesta de saber[14]; retención de un proletariado bien disciplinado, organizado, jerarquizado; residuo de un lumpen-proletariado presentado como lo que hay que excluir o reeducar. Pero esta división tripartita reproduce precisamente las divisiones que la burguesía ha introducido en el proletariado, y sobre las que ha fundado su poder en el marco de las relaciones de producción capitalistas. Preten­der volverlas contra la burguesía es una lucha perdida de antemano. La ta­rea revolucionaria es la supresión del proletariado en tanto proletariado, es decir, la supresión inmediata [maintenant] de las distinciones correspondientes entre vanguardia y proletariado, pro­letariado y lumpen-proletariado, la lucha efectiva contra toda operación de desprendimiento, de retención y de selección residual, para liberar, al con­trario, posiciones subjetivas y singulares capaces de comunicarse transversalmente (cf. el texto de Guattari «El estudiante, el loco y el katangueño»).

Esta es la fuerza de Guattari, que reside en mostrar que el problema no es en absoluto el de una alternativa entre el espontaneísmo y el centralismo. No hay alternativa entre la gue­rrilla y la guerra generalizada. De nada sirve reconocer de la boca para afuera un cierto derecho a la espontaneidad en una primera etapa, a condición de reclamar la exigencia de centralización en una segunda etapa: la teoría de las etapas es ruinosa para todo movimiento revolucionario. Debemos ser desde el comienzo más centralistas que los centralistas. Es evidente que una máquina revoluciona­ria no puede contentarse con luchas locales y puntuales: hiper-deseante e hiper-centralizada, debe ser todo eso al mis­mo tiempo. El problema concierne a la naturaleza de la unificación que debe operar transversalmente, a través de una multiplicidad, no verticalmente y aplastando esa multiplicidad propia del deseo. Ello sig­nifica, en primer lugar, que la unificación debe ser la de una máquina de guerra y no la de un aparato de Estado (un Ejército Rojo deja de ser una má­quina de guerra en la medida en que deviene un engranaje más o menos determinante de un aparato de Estado). Significa, en segundo lugar, que la unificación debe hacerse por análisis, debe desempeñar un rol de anali­zador con respecto al deseo de grupo y de masa, y no un rol de síntesis que proceda por racionalización, totalización, exclusión, etc. Lo que diferencia una máquina de guerra de un aparato de Estado, es lo que diferencia un análisis o un analizador de deseo por oposición a las síntesis pseudo-racionales y científicas, tales son las dos grandes líneas que nos aporta el libro de Guattari, y que señalan, según él, la tarea teórica a desarrollar actualmente.

En esta última dirección, no se trata ciertamente de una «aplicación» del psicoanálisis a los fenómenos de grupo. Tampoco de crear un grupo tera­péutico que se propondría «tratar» a las masas. Sino que se trata de constituir en el grupo las condiciones de un análisis del deseo, ejercido sobre sí mismo y sobre los otros; seguir los flujos que constituyen otras tantas líneas de fuga en la sociedad capitalista, operar rupturas, imponer cortes en el seno mismo del determinismo social y de la causalidad histórica; liberar a los agentes colectivos de enunciación capaces de formar los nuevos enunciados de deseo; constituir no una vanguardia, sino grupos en adyacencia con los procesos sociales, dedicados solamente a hacer avanzar la verdad por caminos que ella jamás seguiría ordinariamente; en suma, una subjetividad revolucionaria con respecto a la cual ya no se pregunte qué es primero, si las determinaciones económicas, políticas, libidinales, etc., puesto que atraviesa todos esos órdenes tradicionalmente separados; alcanzar este punto de ruptura en el cual, precisamente, la economía política y la economía libidinal no son más que una. El inconsciente no es otra cosa: este orden de la subjetividad de grupo que introduce máquinas explosivas tanto en las estructuras llamadas significantes como en las cadenas causales, y que las fuerza a abrirse para liberar sus potencialidades ocultas como un real por venir bajo el efecto de la ruptura. El Movimiento del 22 de marzo sigue siendo ejemplar a este respecto; si bien fue una máquina de guerra insuficiente, al menos funcionó admirablemente como grupo analítico y deseante que, no conforme con mantener su discurso al modo de una asociación verdaderamente libre, «se constituyó como analizador de una masa considerable de estudiantes y de jóvenes trabajadores», sin pretensión de vanguardia o hegemonía, simple soporte que permitió la transferencia y el levantamiento de las inhibiciones. Este tipo de análisis en acto, en el cual el análisis y el deseo pasan finalmente al mismo lado, en el cual el deseo mismo guía el análisis, caracteriza bien a los grupos-sujeto, mientras que los grupos sometidos continúan viviendo bajo las leyes de una simple «aplicación» del psicoanalisis en un entorno cerrado (la familia como continuación del Estado por otros medios). El contenido económico y político de la libido como tal, el contenido libidinal y sexual del campo político-económico, toda esta deriva de la historia, sólo puede descubrirse en el entorno abierto por los grupos-sujeto, ahí donde se levanta una verdad. Porque «la verdad no es la teoría ni la organización». No es la estructura ni el significante, sino más bien la maquina de guerra y su sinsentido. «La verdad, es cuando ella surge que la teoría y la organización se desenmierdan. La autocrítica, se hace siempre a la teoría y a la organización, jamás al deseo.»

*
*   *

Tal transformación del psicoanálisis en esquizo-análisis implica una evaluación de la especificidad de la locura. Y éste es uno de los puntos sobre los que más insiste Guattari, reuniéndose con Foucault cuando éste anuncia que no es la locura lo que va a desaparecer en beneficio de las enfermedades mentales positivamente determinadas, tratadas, asépticas, sino que por el contrario desaparecerán las enfermedades mentales en beneficio de algo que aun no hemos comprendido de la locura.[15] Porque los verdaderos problemas están del lado de la psicosis (de ninguna manera en las neurosis de aplicación). Siempre es una alegría [joie] suscitar las burlas del positivismo: Guattari no deja de reclamar los derechos de un punto de vista metafísico o trascendental, que consiste en purgar la locura de la enfermedad mental y no a la inversa: «¿Llegará una época en que se estudiarán con la misma seriedad, el mismo rigor, las definiciones de Dios del presidente Schreber o de Antonin Artaud que las de Descartes o Malebranche? ¿Continuaremos durante mucho tiempo perpetuando la escisión [clivage] entre aquello que sería objeto de una crítica teórica pura y la actividad analítica concreta de las ciencias humanas?». (Comprendemos que las definiciones delirantes [folles] son, de hecho, más serias, más rigurosas que las definiciones racionales-enfermizas por las cuales los grupos sometidos se remiten a Dios bajo la especie de la razón.) Precisamente, el análisis institucional le reprocha a la antipsiquiatría no solamente el rechazar toda función farmacológica, no solamente el negar toda posibilidad revolucionaria a la institución, sino sobre todo el confundir finalmente [à la limite] la alienación mental con la alienación social y el suprimir así la especificidad de la locura. «Con las mejores intenciones del mundo, morales y políticas, lo que se obtiene es negarle al loco el derecho de estar loco, y el es culpa de la sociedad puede enmascarar una forma de reprimir toda desviación. La negación de la institución devendría entonces en denegación del hecho singular de la alienación mental.» No se trata en modo alguno de plantear una suerte de generalidad de la locura, ni de invocar una unidad mística del revolucionario y el loco. Sin duda es inútil intentar escapar a una crítica que se hará de todas maneras. Hay que decir que no es la locura lo que debe reducirse al orden general sino, al contrario, es el mundo moderno o el conjunto del campo social lo que debe interpretarse también en función de la singularidad del loco en su propia posición subjetiva. Los militantes revolucionarios no pueden dejar de estar estrechamente concernidos por la delincuencia, la desviación y la locura, y no como educadores o reformadores, sino como quienes no pueden leer más que en esos espejos el rostro de su propia diferencia. Así lo testimonia este fragmento de diálogo con Jean Oury, al comienzo de la presente compilación: «Hay algo que debería especificar a un grupo de militantes en el dominio psiquiátrico, y es el estar comprometidos en la lucha social, pero también el estar lo suficientemente locos como para tener la posibilidad de estar con los locos[16]; ahora bien, existen personas muy aptas en el plano político que son incapaces de formar parte de un grupo así [...]».

La contribución característica de Guattari a la psicoterapia institucional consiste en cierto número de nociones, cuya formación puede seguirse en estas páginas: la distinción entre dos clases de grupos, la oposición entre fantasmas de grupo y fantasmas individuales, la concepción de la transversalidad. Estas nociones tienen una orientación práctica precisa: introducir en la institución una función política militante, constituir una suerte de «monstruo» que ya no es ni el psicoanálisis, ni la práctica hospitalaria, ni mucho menos la dinámica de grupo, y que se quiere aplicable en todas partes, en el hospital, en la escuela, en la militancia: una máquina para producir y enunciar el deseo. Por este motivo Guattari reclama el nombre de «análisis institucional» más que el de «psicoterapia institucional». En el movimiento institucional, tal y como aparece con Tosquelles y Jean Oury, se iniciaba en efecto una tercera era de la psiquiatría: la institución como modelo, más allá de la ley y del contrato. Si es verdad que el antiguo asilo estaba regido por la ley represiva, en tanto que los locos eran juzgados «incapaces», y por eso eran excluidos de las relaciones contractuales que ligan a las personas presuntamente razonables, entonces el golpe freudiano consistió en mostrar que, en las familias burguesas y en la frontera de los asilos, un vasto grupo de personas llamadas neuróticas podía formar parte de un contrato particular que reconducía, con medios originales, a esas personas hacia las normas de la medicina tradicional (el contrato psicoanalítico como caso particular de la relación contractual médico-liberal). El abandono de la hipnosis fue una etapa importante en esta vía. No nos parece que se haya analizado todavía el rol y los efectos de ese modelo de contrato en el cual se vertió el psicoanálisis; una de cuyas principales consecuencias fue hacer que la psicosis se permaneciera en el horizonte del psicoanálisis como la genuina fuente de su material clínico y, sin embargo, como el afuera de su campo contractual. No hay que asombrarse de que la psicoterapia institucional haya implicado en sus proposiciones principales una crítica del contrato llamado liberal no menos que una crítica de la ley represiva, a la que pretendía sustituir por el modelo de la institución[17]. Esta crítica debía extenderse en direcciones muy diversas, en tanto es cierto que la organización piramidal de los grupos, su sometimiento, su división jerárquica del trabajo, reposan sobre relaciones contractuales no menos que en estructuras legalistas. Desde el primer texto de esta compilación, acerca de las relaciones enfermeros-médicos, Oury interviene para decir: «Hay un racionalismo de la sociedad que es más bien una racionalización de la mala fe, de la inmundicia [saloperie]. Lo que se ve desde el interior son las relaciones con los locos en los contactos cotidianos a condición de romper cierto “contrato” con lo tradicional. Se puede decir, en cierto sentido, que saber lo que es estar en contacto con los locos es al mismo tiempo ser progresista. [...] Es evidente que los propios términos “enfermero-médico” pertenecen a ese contrato que se dijo era necesario romper». Hay, en la psicoterapia institucional, una suerte de inspiración al estilo de un Saint-Just psiquiatra, en en el sentido en que Saint-Just definía el régimen republicano como «muchas instituciones y pocas leyes» (y también pocas relaciones contractuales)[18]. La psicoterapia institucional fragua su difícil camino entre la antipsiquiatría, que tiende a retornar a formas contractuales desesperadas (cf. una reciente entrevista de Laing), y la psiquiatría sectorial, con su control de ba­rrio, su triangulación planificada, que se arriesga a mejorarnos los asilos que se cerraron antaño, ah los buenos tiempos, el viejo estilo.

Ahí se plantean los problemas propios de Guattari sobre la naturaleza de los grupos asistentes-asistidos capaces de formar grupos-sujeto, esto es, capaces de hacer de la institución el objeto de una verdadera creación en la cual lo­cura y revolución, sin confundirse, reflejen precisamente el rostro de su diferencia en las posiciones singulares de una subjetividad deseante. Por ejemplo, el análisis de las UTB de La Borde, unidades terapéuticas de base, en el texto «¿Dónde comienza la psicoterapia de grupo?» ¿Cómo con­jurar el sometimiento en ellos mismos sometidos, como esos en los que concurre el psicoanálisis tradicional? Y las asociaciones psicoanalíticas, ¿en qué vertiente de la institución están, en qué clase de gru­po? Gran parte del trabajo de Guattari antes de Mayo del 68 con­sistió en conseguir «que los propios enfermos se hicieran cargo de su enfermedad, con el apoyo del conjunto del movimiento estudiantil». Cierto sueño de sinsentido y de palabra vacía, instituida, contra la ley o el contrato de la palabra plena, un cierto derecho del flujo-esquizo, jamás cesaron de acompañar a Guattari en la empresa de abatir las divisiones y los estancamientos [cloisonnements] jerárqui­cos o pseudo-funcionales: pedagógicos, psiquiátricos, analíticos, militantes. Todos los textos de esta compilación son artículos circunstanciales. Están marcados por una doble finalidad: la de su origen en tal o cual viraje de la psicoterapia institucional, en tal o cual momento de la vida política mili­tante, en tal o cual aspecto de la Escuela Freudiana y de la enseñanza de Lacan, pero también la de su función, la de su funcionamiento posible en otras circunstancias que las de su origen. El libro debe con­siderarse como el montaje o la instalación, aquí y allá, de piezas y engra­najes de una máquina. A veces se trata de pequeñísimos engranajes, muy minuciosos pero desordenados, y por lo tanto más indispensables. Máquina de de­seo, es decir, de guerra y de análisis. Por eso se les puede conceder una importancia particular a dos textos: un texto teórico en el cual el principio mismo de una máquina se desvincula de la hipótesis de la estructura y se des­hace de los lazos estructurales («Máquina y estructura»), un texto-esquizo en donde las nociones de «punto-signo» y de «signo-mancha» se liberan de la hipoteca del significante.



Notas:




[1] «Pierre» deriva del latín: petrus, «piedra». «Félix» también deriva del latín: felix icis, «dichoso» y «favorecido». Las potencias esquizofrénicas implicadas en la analogía son las del Cuerpo sin órganos (piedra catatónica) y las máquinas deseantes (multiplicidad vital).
[3] Hanter significa fantasma, de manera que «habitar» aquí ha de entenderse en ese sentido también.

[4] Spaltung se traduce al castellano como «escisión» (Laplanche-Pontalis) o «clivaje» (Roudinesco-Plon) y se utiliza para señalar la coexistencia, en el seno del yo, de dos actitudes contradictorias que no se tocan entre sí: una niega la realidad y la otra la acepta.

[5] La cita proviene del artículo «El grupo y la persona» (Psicoanálisis y transversalidad, ed. cit., p. 181.)

[6] Con esta palabra, Deleuze designa la «inversión» (del platonismo, del kantismo, del psicoanálisis…). Habría que descartar dos contrasentidos posibles porque la inversión deleuziana ni consiste en cambiar una relación subordinación por su contraria («que la tortilla se vuelva») ni consiste en la negación simultánea de los términos en relación (proyecto que Deleuze le adjudica a Hegel). Sino que consiste en afirmar un campo más originario como desfundamento de los términos y las relaciones. En este sentido, lo que se invierte es la manera de pensar: en vez de negar uno o ambos términos, afirmar su instancia genética. (El texto canónico a este respecto es el primer apéndice de Lógica del sentido.)

[7] Marcel Jaeger, «L’Underground de la folie», en Folie pour folie, Partisans, febrero de 1972. [Nota de Deleuze.]

[8] En este paréntesis, tanto la traducción de Azcurra como la de Pardo incluyen una frase que no figura en la edición francesa con la que cuento (segunda edición, 1974). Transcribo todo el paréntesis: «(Habría que comparar estos análisis institucionales de Guattari con los que hacía Cardan, en la misma época, en Socialisme ou Barbarie, y que se asimilaron bajo la misma y amarga crítica de los trotskistas)». Al finalizar, ambas traducciones tienen una nota al pie que indica: «Cahiers de la Verité, serie Ciencias humanas y lucha de clases, nº 1.» La edición con la que cuento no explicita que haya sido «corregida» o «revisada», sin embargo el mismo Guattari menciona haber realizado una «puesta a punto» de otro texto en la reedición de 1974 de Psicoanálisis y transversalidad (la mención está en Líneas de fuga. Por otro mundo posible, trad. Pablo Ires, Buenos Aires, Cactus, 2013, p. 145, n.), así que conjeturo que también modificó ese pasaje. Pero no lo sé con certeza. Tal vez una investigación acerca de las relaciones entre Castoriadis y Deleuze-Guattari echarían luz sobre esa hipotética variación del texto ocurrida en lo que va de 1972 a 1974. No lo sé. Lo cierto es que Deleuze-Guattari jamás mencionan (al menos, hasta donde llega mi conocimiento) la obra de Castoriadis, tan afín a los problemas de El Anti-Edipo (ejemplo obvio de esto es La institución imaginaria de la sociedad, publicado en 1975), excepto por la idéntica mención a Cardan (seudónimo de Castoriadis) en El Anti-Edipo; mientras que las pocas referencias de Castoriadis a la obra de Deleuze-Guattari son claramente invectivas (ver, por ejemplo, El psicoanálisis, proyecto y elucidación, trad. Horacio Pons, Buenos Aires, Nueva Visión, 1998). Deleuze añade, en una nota de su ejemplar personal: «Por ejemplo, la política económica se decide como mínimo a escala europea, mientras que la política social se deja al cuidado de cada Estado». [Nota de José Luis Pardo.]

[9] El «corte leninista» es tematizado en «La causalidad, la subjetividad y la historia» (Psicoanálisis y transversalidad) y retomado en El Anti-Edipo (pp. 263, 355 y 388) en relación con el problema de la causalidad histórica.

[10] Pardo traduce «centro-derecha».

[11] La Nueva Política Económica (NEP) fue propuesta por Lenin, oficialmente decidida en el curso del Décimo Congreso del PC soviético y promulgada el 21 de marzo de 1921. Consistió en promover el establecimiento de algunas empresas privadas (relativas al comercio de animales, de tabaco y otras) mientras el Estado seguía controlando el comercio exterior, los bancos y las grandes industrias. No es ocioso recordar que la NEP fue la respuesta al descontento general de las masas ante la férrea disciplina bolchevique (el sistema de aprovisionamiento-requisición de alimentos irritaba por igual a campesinos y población urbana). Y que su promulgación coincidía con los cañonazos del Ejército Rojo en Krondstadt.

[12] El término francés es agencement, término que en la obra deleuziana cumple una función conceptual estelar. Azcurra lo traduce aquí como «listado», perdiendo totalmente de vista el concepto. Por su parte, si bien la traducción de Pardo, «composición», es conceptualmente correcta, al no aclarar que se trata del mencionado término francés, no deja (me parece) lugar para que el lector capte la polivalencia del concepto (habilitando lecturas festivas del concepto que me parecen no sólo equivocadas, sino también moralizantes): el agencement no es ni bueno ni malo. Ver a este respecto, por ejemplo, el «principio de ruptura asignificante» del rizoma (cuarto principio del archiconocido texto de Deleuze y Guttari).

[13] Los conceptos de «grupo-sujeto» y «grupo sometido» están expresamente inspirados (Cf. El Anti-Edipo, pp. 264 y 388) en la teoría sartreana de los colectivos –«seres sociales inorgánicos»–, la serialidad, el grupo-objeto, el grupo-sujeto y los grupos en fusión. Ver Sartre, J-P, Crítica de la razón dialéctica, trad. Manuel Lamana, Buenos Aires, Losada, 1995, tomo I, libro I, pp. 393-485; libro II, completo. También el diálogo de Sartre con Il Manifesto, «Masas, espontaneidad, partido», en AA.VV., Teoría marxista del partido político/3, trad. s/ref., México, Ediciones Pasado y Presente, 1987, pp. 15-31.

[14] Avant-garde supposée savoir remite sin duda al lacaniano «sujeto supuesto de saber» (sujet supposé savoir), fundamento de ese fenómeno que el psicoanálisis denomina «transferencia». Ver Lacan, J., Momentos cruciales de la experiencia analítica, trad. Mónica Vidal y Luis Lisjak, Buenos Aires, Manantial, 1987, pp. 25-37.

[15] Michel Foucault, Histoire de la folie, Gallimard, París, 1972, Apéndice I. [Nota de Deleuze.] Historia de la locura en la época clásica, trad. cast. Juan José Utrilla, Buenos Aires, FCE, tomo II, p. 328: «Quizá llegue un día en que no se sepa ya bien lo que ha podido ser la locura. Su figura se habrá cerrado sobre sí misma no permitiendo ya descifrar los rastros que haya dejado. […] Artaud pertenecerá al suelo de nuestro idioma, y no a su ruptura; las neurosis a las formas constitutivas (y no a las desviaciones) de nuestra sociedad. Todo lo que hoy sentimos sobre el modo del límite o de la extrañeza, o de lo insoportable, se habrá reunido con la serenidad de lo positivo. Y aquello que para nosotros hoy designa al Exterior un día acaso llegue a designarnos a nosotros.» [Nota de MR]

[16] No olvidemos que en francés, como en inglés, hay un mismo verbo que en castellano traducimos como «ser» o como «estar» según el contexto. En este caso, cuando Deleuze –y/o Guattari– enfatiza el «estar con» [être avec], las resonancias fenomenológicas son inocultables.

[17] En esta oración, tanto la traducción de Azcurra como la de Pardo incluyen esta frase (ausente en la versión que tenemos): «como lo prueban los textos que siguen». Si bien la frase es irrelevante para el contenido del prefacio, no lo es para reforzar la hipótesis de una variación (¿deleuziana?, ¿editorial?) del texto entre la primera y la segunda edición del libro de Guattari.

[18] Mediante esta referencia a Saint-Just, Deleuze atribuye implícitamente a las corrientes psi (psicoterapia institucional, antipsiquiatría, análisis institucional…) unas posiciones relativas a la ley, el contrato y la institución mapeadas y fundamentadas en los capítulos 6, 7 y 8 de su libro Presentación de Sacher-Masoch (1967).

No hay comentarios:

Publicar un comentario