El giro esquizoanalítico


[The Shawshank Redemption (1994), o el libro como caja de herramientas.]

1. En 1972 se publicó El Anti-Edipo, compuesto a cuatro manos por el filósofo doctorado Gilles Louis René Deleuze y el psiquiatra sin título alguno Pierre-Félix Guattari. Tanto en esa primera edición como en la reedición al año siguiente (reedición que incorporó el apéndice «Balance-programa para máquinas deseantes»), se presentaba en la primera página del libro esta inscripción:

CAPITALISME ET SCHIZOPHRENIE

Tome I: L’Anti-Œdipe.

Tome II, à paraître: Schizo-analyse.

Este dato nos provee dos claves de lectura. Una al alcance de cualquier lector francés de aquel entonces y otra al alcance de cualquier lector a secas de estos días. Clave 1: si el título general de la obra es «Capitalismo y esquizofrenia», mientras que «El Anti-Edipo» es sólo el título del Tome I, quizá sea porque lo relevante del planteo no resida tanto en el carácter fácilmente provocador del prefijo [1]  como en la conjunción entre el modo de producción capitalista y la actividad del inconsciente. Clave 2: si el Tome II, publicado en 1980, se llamó «Mil mesetas» [2] y no «Esquizoanálisis», como prometía el primer tomo, quizá sea porque el campo de investigaciones considerado propio del psicoanálisis deja de estar en el centro de la problemática filosófico-política para Deleuze y Guattari. En 1976 se publicó como libro Rizoma: Introducción, donde se lee:
Ya no hablamos tanto de psicoanálisis. Aunque todavía hablamos, incluso demasiado. Basta ya de todo eso. Estábamos hartos, nos sentíamos incapaces de cortar por lo sano. Los psicoanalistas y, sobre todo, los psicoanalizados nos aburrían muchísimo. Era necesario precipitar por nuestra cuenta esta materia que nos frenaba –sin hacernos ilusiones sobre el alcance objetivo de esta operación–; debíamos comunicarle una velocidad artificial, capaz de llevarla hasta la rotura o hasta nuestro desgarramiento. Se acabó, después de este libro no hablaremos más de psicoanálisis.
Otra continuidades y rupturas podrían enlistarse [3], pero para iniciar por algún lado: 1) no hay que perder de vista que El Anti-Edipo es un momento del curso de investigaciones más amplias concernientes a la crítica de la economía política libidinal y 2) no hay que perder de vista que ese momento tiene como asunto central pensar el inconsciente.

2. El Mayo Francés es ineludible como referencia. En una mesa redonda realizada en 1972 para debatir en torno al libro recién publicado (mesa en la que estaban, entre otros, François Châtelet, Pierre Clastres y Serge Leclaire), Guattari expone de esta manera cómo surgió el trabajo conjunto entre él y Deleuze:
Esta colaboración no es el resultado de un simple encuentro de individuos. Dejando aparte las circunstancias particulares, ha sido todo un contexto político lo que nos ha conducido a ella. Al principio, no se trataba tanto de poner en común un saber acumulado como nuestras incertidumbres, e incluso una suerte de desconcierto ante el giro que habían tomado los acontecimientos después de Mayo del 68. Formamos parte de una generación cuya conciencia política nació con el entusiasmo y la ingenuidad de la Liberación, con su mitología conjuradora del fascismo. Y las cuestiones que dejó en suspenso esa otra revolución abortada que fue Mayo del 68 se han desarrollado, para nosotros, con un contraste tan inquietante que, como muchos otros, estamos preocupados por lo que nos deparará el futuro inmediato, que muy bien podría entonar los cánticos de un fascismo de nuevo cuño que nos haga añorar el de los viejos tiempos gloriosos. Nuestro punto de partida es la consideración de que, en los períodos cruciales, algo del orden del deseo se manifiesta a escala del conjunto de la sociedad, algo que después es reprimido, liquidado tanto por las fuerzas del poder como por los partidos y sindicatos llamados obreros y, hasta cierto punto, por las propias organizaciones izquierdistas. [4]
De modo que El Anti-Edipo es, fundamentalmente, un balance de esa experiencia. Un balance que podría resumirse en dos preguntas: (i) ¿Cómo pudo producirse una revuelta de esa magnitud en condiciones de sufrimiento amortiguado (cuando el Estado de bienestar europeo orientaba las expectativas revolucionarias hacia el «Tercer Mundo»)? (ii) ¿Cómo pudieron colaborar tan eficazmente con el fracaso de la revuelta las organizaciones (al menos, muchas de ellas) autoproclamadas revolucionarias?

Y si tomamos Mayo del 68 como catalizador y amplificador de tendencias políticas hasta entonces poco visibilizadas, que despliegan una orientación teórica y práctica divergente respecto a la teoría y la práctica emancipatorias que predominaron durante el siglo XX, podríamos destacar al menos cinco de sus características: 1) poner en crisis el lugar privilegiado de la clase obrera fabril como sujeto de la revolución; 2) rehuir de la forma-partido y de la burocracia sindical; 3) fusionar el consejismo (asambleas y delegados revocables) con el situacionismo (acción directa sobre la vida cotidiana); 4) levantar las consignas sobre dos conceptos clave: imaginación y autogestión; 5) revelar la centralidad creciente de la Universidad en el modo de producción capitalista.


Sin tener en cuenta, al menos, estos cinco elementos y aquellas dos preguntas-balance, se hace muy difícil atender al tipo de intervención que encarna la aparición de El Anti-Edipo.[5] 

3. El Anti-Edipo no es un «anti-psico». En la primera página del libro leemos: «El paseo del esquizofrénico es un modelo mejor que el neurótico acostado en el diván. Un poco de aire libre, una relación con el exterior.» Cambio de modelo y relación con el exterior. Estos dos movimientos ofrecen otras dos claves de lectura. Clave 3: el cambio de modelo nos dice que la crítica es interna al psicoanálisis, está anclada en sus propias elaboraciones. Se trata de explicitar los presupuestos del modelo de la neurosis, por qué se ha tomado ese punto de partida para pensar el inconsciente y en qué medida ese modelo ha servido para legitimar y reproducir el sistema de explotación capitalista. Clave 4: «una relación con el exterior» nos dice que esa crítica no puede ser sólo psicoanalítica, sino que hace falta una nueva alianza del pensamiento y la acción. Cuatro años después de publicado El Anti-Edipo, en el ya citado Rizoma: Introducción, Deleuze y Guattari decían:
No pretendemos constituir una Suma o reconstituir una Memoria, sino más bien proceder por olvido y sustracción, hacer así un rizoma, hacer máquinas sobre todo desmontables, formar medios que dejen un momento sobrevivir bien esto o bien aquello: cuadernos desmenuzables en las sopas. Mejor aún, un libro funcional, pragmático: escojan lo que quieran. El libro ha dejado de ser un microcosmos, a la manera clásica o a la manera europea. El libro no es una imagen del mundo y menos aún un significante. No es una bella totalidad orgánica, no es tampoco una unidad de sentido. Cuando se le pregunta a Michel Foucault qué es para él un libro, responde: es una caja de herramientas. Proust, que suele ser estimado como altamente significante, decía que su libro era como un par de anteojos: úsenlos si les convienen, si perciben gracias a ellos lo que de otro modo no hubieran podido percibir; si no, dejen mi libro y busquen otros que les convengan más. Encuentren trozos de libros, los que les sirvan o los que les convengan. Nosotros no leemos ni escribimos ya a la antigua usanza. No hay muerte del libro, sino otra manera de leer. En un libro no hay nada que comprender, pero sí mucho que aprovechar. Nada para interpretar ni para significar, pero mucho para experimentar. El libro debe formar máquinas con alguna cosa, debe ser una pequeña herramienta en un afuera.

De manera que el propósito del libro se podría resumir así: ampliar y profundizar el conjunto de aportes teóricos y prácticos del psicoanálisis, conectando ese conjunto con otros campos del conocimiento y de la praxis militante. Por eso el libro se dirige no sólo a los psicoanalistas: se trata de disponer otras fuerzas a la captura de la clínica. Y por eso el libro se dirige también a los psicoanalistas: se trata de disponer la clínica a la captura por otras fuerzas. Además, ¿cómo considerar a El Anti-Edipo un anti-psicoanálisis cuando se apoya explícitamente en el descubrimiento freudiano del inconsciente productivo, en «la admirable teoría de Lacan», en el descubrimiento kleiniano de los objetos parciales, en los automatismos de Clarembault, en las investigaciones de Reich sobre el fascismo y el deseo, etc.? Se trata de comprender cómo se ha dispuesto lo mejor del psicoanálisis al servicio de lo peor del deseo y de nuestra sociedad, pensar las conexiones prácticas del inconsciente, su apertura inmediata al campo histórico-social y al poder instituyente de los grupos.[6]

Cambio de modelo: subvertir, dentro del psicoanálisis, los supuestos que distribuyen las relaciones entre sintomatología, etiología y terapéutica. Relación con el exterior: provocar las conexiones necesarias, fuera del psicoanálisis (filosofía, antropología, economía política, artes y ciencias, etc., pero especialmente práctica revolucionaria), para la subversión de esos supuestos. «¿Qué pide el esquizoanálisis? Nada más que algo de verdadera relación con el exterior, algo de realidad real» (345). «Pues el deseo no sobrevive, cortado del exterior, cortado de sus catexis y contracatexis económicas y sociales» (368). El Anti-Edipo es –o quiere ser, o quiso ser– un sistema de acoplamientos en una multiplicidad de piezas teóricas y prácticas, una caja de herramientas o, mejor, una máquina de trabajo (working machine) orientada a descartar elementos reaccionarios, tensionar elementos reformistas, potenciar elementos revolucionarios y ensamblar una máquina de guerra.

4. La esquizofrenia como modelo, identificándola con el proceso primario, El Anti-Edipo propone desplazar al Yo como perspectiva privilegiada desde la cual pensar al deseo. ¿Para qué? Para desantropomorfizar así el inconsciente. Si la esquizofrenia como proceso de producción deseante ha sido reducida a una entidad clínica como afección particular de un sujeto enfermo fue sobre la base de dos presupuestos: un yo asignable como medida de todas las cosas y un código médico que hace caso omiso a las protestas de la experiencia clínica.
Pues, en una palabra, a Freud no le gustan los esquizofrénicos, no le gusta su resistencia a la edipización, más bien tiene tendencia a tratarlos como tontos: toman las palabras por cosas, dice, son apáticos, narcisistas, están separados de lo real, son incapaces de transferencia, se parecen a filósofos, «indeseable semejanza» (31).
Se trata, para El Anti-Edipo, de tomar a la psicosis y a la esquizofrenia en su positividad y como positividades, sin reducirlas ni a los caracteres de la carencia, la pérdida o la destrucción que provocan en la personalidad, ni a las lagunas, vacíos y disociaciones que presentan en una presunta estructura.[7]
Desde ese momento, basta que la psicosis se mida con esta medida trucada, que la pongamos bajo este falso criterio, Edipo, para que se obtenga el efecto de pérdida de realidad. No es una operación abstracta: se impone al psicótico una «organización» edípica, aunque para asignar en él, dentro de él, la carencia (129).
Por eso el esquizofrénico que El Anti-Edipo toma como modelo no es el sujeto enfermo, no es el «esquizofrénico artificial, tal como lo vemos en el hospital, andrajo autistizado producido como entidad» (14, 86). «Antes que la afección del esquizofrénico artificializado, personificado en el autismo, la esquizofrenia es el proceso de la producción del deseo y de las máquinas deseantes» (32). De manera que el esquizofrénico que el libro toma como modelo es un sujeto «larvario» determinable por la teoría sólo al nivel de proceso primario, como instancia necesaria de la producción deseante: la esquizofrenia como proceso es inasignable. Cambiar el modelo para pensar el deseo es mucho más que colocar la psicosis en el lugar de la neurosis y colocar la esquizofrenia en el lugar de la paranoia. No se trata de una inversión de los elementos del pensamiento acerca del inconsciente sino de una subversión del movimiento mismo de ese pensamiento: el inconsciente que postula El Anti-Edipo es material, industrial y genealógico. 

De esto trata el primer capítulo del libro. Para acompañar la lectura redacté unos protocolos, al primero de los cuales se accede haciendo CLICK ACÁ.


Notas:


[1] Carácter y prefijo que colocan al libro de Deleuze y Guattari en una serie compuesta por la obra de dos Federicos: El Anticristo de Nietzsche y El Anti-Dhüring de Engels. Las tres obras se emparentan, además y fundamentalmente, por el esfuerzo crítico de desmixtificación del idealismo en algunas de sus manifestaciones (el moralismo cristiano, el socialismo abstracto, el psicoanálisis edipiano) y por la postulación de un tipo de materialismo histórico (la genealogía, la dialéctica, el esquizoanálisis).

[2] Si bien es literalmente correcto traducir Mil plateaux como «mil mesetas» –no sólo en base al francés, sino también en base al inglés con el que Gregory Bateson escribe el término que DyG utilizan como concepto (Steps to an ecology of mind, London, Jason Aronson Inc., 1987, p. 97: «continuing plateau of intensity»)–, no es conceptualmente incorrecto traducir plateau como «planicie» (plaine, en francés; plain, en inglés). Ya que, por ejemplo, el mar, el cielo, la estepa, el «campo preurbano», el desierto y hasta la «ladera de montaña» son superficies pobladas de intensidades sin ser estrictamente «mesetas». También en tanto que CsO y en tanto que máquina abstracta nos parece conceptualmente más preciso el término «planicie».

[3] «El Anti-Edipo tenía una ambición kantiana, había que intentar una especie de Crítica de la razón pura en el orden del inconsciente. […] Mil mesetas, por el contrario, tiene una ambición postkantiana (aunque resueltamente antihegeliana). Es un proyecto "constructivista". Es una teoría de las multiplicidades en cuanto tales, donde lo múltiple se convierte en sustantivo, mientras que El Anti-Edipo lo consideraba aún en las síntesis y bajo las condiciones del inconsciente.» Dos regímenes de locos. Textos y entrevistas (1975-1995), trad. J. Pardo, Valencia, Pre-Textos, 2007, p. 278. Esa «teoría de las multiplicidades» ya está presentada, sintéticamente, en la sexta sección del primer capítulo de El Anti-Edipo, bajo el título «El todo y las partes».

[4] La isla desierta y otros textos. Textos y entrevistas (1953-1974), trad. J. Pardo, Valencia, Pre-Textos, 2005, pp. 279-80.

[5] Entre la mucha bibliografía existente, recomendamos dos libros. La imaginación al poder (Paris Mayo 1968), reeditado por Argonauta, contiene una cronología de los hechos, la célebre conversación entre J-P Sartre y D. Cohen-Bendit, un texto de Marcuse, varios volantes de la época y un listado de grafitis. Mayo del 68: La brecha (Primeras reflexiones sobre los hechos), Buenos Aires, Nueva Visión, 2009, es un material muy recomendable. Contiene textos de C. Castoriadis, E. Morin y C. Lefort escritos y publicados al calor de las jornadas del Mayo Francés, además de balances escritos por los mismos autores veinte años después.

[6] Conversando con Foucault, en 1972, Deleuze decía: «estamos viviendo de una nueva manera las relaciones teoría-práctica. La práctica se concebía bien como una aplicación de la teoría, como una consecuencia, o bien por el contrario como debiendo inspirar la teoría, como siendo ella misma creadora de una forma de teoría futura. De todos modos se concebían sus relaciones bajo la forma de un proceso de totalización, en un sentido o en el otro. Es posible que, para nosotros, la cuestión se plantee de otro modo. Las relaciones teoría-práctica son mucho más parciales y fragmentarias. […] La práctica es un conjunto de conexiones de un punto teórico con otro, y la teoría un empalme de una práctica con otra. Ninguna teoría puede desarrollarse sin encontrar una especie de muro, y se precisa la práctica para agujerearlo.» Foucault, M., Microfísica del poder, trad. J. Varela y F. Álvarez-Uría, Madrid, La Piqueta, 1992, pp. 83-4.

[7] Ver la entrevista con Vittorio Machetti compilada en La isla desierta..., ed. cit., pp. 297-308. Ver también «Esquizofrenia y sociedad», en Dos regímenes de locos..., ed. cit., pp. 41-9.

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